El tulipán negro (Alejandro Dumas) Libros Clásicos

Página 21 de 180

-¡Eh! De prisa, de prisa, mis amos, ¿los oís? -gritó el cochero asustado. Pero después de haber hecho subir a Corneille el primero, el ex gran pensionario se volvió hac ia la joven.
-Adiós, hija mía –dijo-. Todo lo que pudiéramos decirte expresaría sólo muy pobremente nuestro reconocimiento. Te recomendaremos a Dios, que recordará que acabas de salvar la vida de dos hombres, como espero.
Rosa cogió la mano que le tendía el ex gran pensio nario y la besó respetuosamente.
-Marchaos -apremió-, marchaos; se diría que están hundiendo la puerta.
Jean de Witt subió precipitadamente al coche, tomó asiento al lado de su hermano, y cerró el

capotillo, gritando: -¡A la Tol-Hek! La Tol-Hek era la verja que cerraba la puerta que conducía al pequeño puerto de Schweningen, en el
cual un pequeño buque esperaba a los dos hermanos. El coche partió al galope de dos vigorosos caballos flamencos y se llevó a los fugitivos. Rosa los siguió con la mirada hasta que hubieron doblado la esquina de la calle. Después entró para cerrar la puerta a su espalda y echó la llave a un pozo. Aquel ruido que había hecho presentir a Rosa que el pueblo hundía la puerta, procedía en efecto del
pue blo que, después de hacer evacuar la plaza de la prisión, se lanzaba contra la entrada de la misma.
Por sólida que fuera, y aunque el carcelero Gryphus, hay que rendirle esta justicia, se rehusaba obstinadamente a abrirla, veíase a las claras que la puerta no resistirí a mucho tiempo y Gryphus, muy pálido, se preguntaba si no sería mejor abrir cuando sintió que le tiraban suavemente del vestido.
Se volvió y vio a Rosa.
-¿Oyes a esos furiosos? -dijo.
-Les oigo tan bien, padre mío, que en vuestro lugar. ..
-Abrirías, ¿verdad?
-No, les dejaría hundir la puerta.
-Pero van a matarme.
-Sí, si os ven.
-¿Cómo quieres tú que no me vean?
-Escondeos.
-¿Dónde?
-En el calabozo secreto.
-Pero ¿y tú, hija mía?
-Yo, padre mío, descenderé con vos. Cerraremos la puerta tras nosotros y, cuando abandonen la

prisión, ¡pues bien!, saldremos de nuestro escondite. -Tienes razón, pardiez -exclamó Gryphus-. Resulta asombroso -añadió- cuánto juicio hay en esta
pequeña cabeza. Pronto, la puerta se estremeció con gran alegría del populacho. -Venid, ve nid, padre mío -apremió Rosa abriendo una pequeña trampilla.

Página 21 de 180
 

Paginas:
Grupo de Paginas:           

Compartir:




Diccionario: