El tulipán negro (Alejandro Dumas) Libros Clásicos

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-Pero ¿y nuestros prisioneros? -preguntó Gryphus. , -Dios velará por ellos, padre mío -contestó la joven-. Permitidme velar por vos. Gryphus siguió a su hija, y la trampilla cayó sobre sus cabe zas, justo en el momento en que la puerta
rota daba paso al populacho. Por lo demás, este calabozo al que Rosa hacía descender a su padre y que llamaban el calabozo secreto, ofrecía a los dos personajes, a los que nos vemos forza dos a abandonar por unos instantes, un
refugio seguro, al no ser conocido más que por las autoridades, que a voces encerraban en él a algunos
de aquellos reos de los cuales se temía alguna revuelta o algún rapto.
El pueblo se precipitó en la prisión gritando:
-¡Muerte a los traidores! ¡A la horca Corneille de Witt! ¡A muerte! ¡A muerte!

El Tulipán Negro
IV Los Asesinos
El joven, siempre protegido por su gran sombrero, siempre apoyándose en el brazo del oficial, siempre enjugando su frente y sus labios con su pañuelo, inmóvil, desde un rincón de la Buytenhoff, perdido en la sombra de un saledizo de una tienda cerrada, contemplaba el espectáculo que le ofrecía aquel populacho fu rioso, que parecía aproximarse a su desenlace.
-¡Oh! -le dijo al oficial-. Creo que teníais razón, Van Deken, y que la orden que los señores diputados han firmado es la verdadera sentencia de muerte del señor Corneille. ¿Oís a esa gente? ¡Decididamente, se ñor coronel, quieren mucho a los señores De Witt!
-En verdad -replicó el oficial- yo nunca he oído clamores parecidos.
-Es de suponer que han hallado la celda de nuestro hombre. ¡Ah! Observad aquella ventana. ¿No es la del aposento donde ha sido encerrado el señor Corneille?
En efecto, un hombre agarraba con ambas manos y sacudía violentamente el enrejado que cerraba la ventana del calabozo de Corneille, y que éste acababa de abandonar no hacía más de diez minutos.
-¡Eh! ¡Eh! -gritaba aquel hombre-. ¡No está aquí!
-¿Cómo que no está? -preguntaron desde la calle los que, llegados los últimos, no podían entrar de tan llena como estaba la prisión.
-¡No! ¡No! -repetía el hombre, furioso-. No está, debe de haber huido.
-¿Qué dice ese hombre? -preguntó palideciendo Su Alteza.
-¡Oh, monseñor! Anuncia una noticia que sería muy afortunada si fuese verdad.

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