El tulipán negro (Alejandro Dumas) Libros Clásicos

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caballos, que cayó entre las varas del tiro. En ese momento se entreabrió el postigo de una ventana y se pudo ver los ojos sombríos del joven,
de rostro lívido, clavándose sobre el espectáculo que se adivinaba. Tras él apareció el rostro del oficial, casi tan pálido como el de aquél. -¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío, monseñor! ¿Qué va a suceder? -murmuró el oficial. -Algo terrible, evidentemente -respondió el joven. -¡Oh! Ved, monseñor, sacan al ex gran pensionario del coche, le golpean, le desgarran. -En verdad, es preciso que esas gentes estén anima das por una violenta indignación -comentó el
joven con el mismo tono impasible que había conservado hasta entonces. -Y ahora sacan a su vez a Corneille de la carroza, a un Corneille ya roto, mutilado por la tortura.
¡Oh! Mirad, mirad. -Sí, en efecto, es realmente Corneille. El oficial lanzó un débil gemido y volvió la cabeza. Es que en el último escalón del estribo, incluso antes de que hubiera tocado el suelo, el Ruart
acababa de recibir un golpe con una barra de hierro, que le quebró la cabeza. Se levantó, sin embargo, mas para caer enseguida.
Luego, unos hombres, cogiéndole por los pies, lo arrojaron al gentío, en medio del cual se pudo seguir el rastro sangriento que trazaba en él y que se cerraba por detrás con grandes gritos de alegría.
El joven palideció más -todavía, lo que se hubiera creído imposible, y sus ojos se velaron un instante bajo sus párpados.
El oficial vio ese movimiento de piedad, el primero que su severo compañero había dejado escapar y que riendo aprovecharse de este enternecimiento, dijo:
-Venid, venid, monseñor, porque van a asesinar también al ex gran pensionario.
Pero el joven ya había abierto los ojos.
-¡En verdad! -comentó-. Este pueblo es implacable. No resulta bueno traicionarlo.
-Monseñor -dijo el oficial-, ¿es que no se podría salvar a ese pobre hombre, que ha educado a
Vuestra Alteza? Si hay algún medio, decidlo, y estaré dispuesto a perder ahí la vida...
Guillermo de Orange, porque era él, plegó su frente de una forma siniestra, apagó el relámpago de sombrío furor que centelleaba bajo sus párpados y respondió:
-Coronel Van Deken, id, os lo ruego, a buscar a mis tropas, con el fin de que tomen las armas por lo que pueda ocurrir.

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