El tulipán negro (Alejandro Dumas) Libros Clásicos

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-Pero... dejaré entonces a monseñor solo aquí, frente a esos asesinos...
-No os inquietéis por mí más de lo que yo mismo me inquieto -contestó bruscamente el príncipe-. Partid.
El oficial partió con una rapidez que testimoniaba menos su obediencia que el alivio de no asistir al horroroso asesinato del segundo de los hermanos.
No había aún cerrado la puerta de la habitación, cuando Jean, quien con un supremo esfuerzo había alcanzado la escalinata de una casa situada frente a aqué lla donde estaba oculto su discípulo, se tambaleó bajo las acometidas del populacho.
-Mi hermano, ¿dónde está mi hermano? -imploró.
Uno de aquellos enfurecidos le arrancó el sombre ro de un puñetazo.
Otro, que acababa de destripar a Corneille, le mostró la sangre que tenía sus manos, y corrió para no perder la ocasión de hacer otro tanto con el ex gran pensionario, mientras arrastraban a la horca lo que quedaba del muerto.
Jean lanzó un gemido lastimero y se tapó los ojos con las manos.
-¡Ah! Cierras los ojos -dijo uno de los soldados de la guardia burguesa-. ¡Pues bien, yo te los voy a reventar!
Y le lanzó al rostro una lanzada con la pica.
-¡Mi hermano! -clamó De Witt intentando ver lo que había sido de Corneille, a través de la oleada de sangre que le cegaba-. ¡Mi hermano!
-¡Ve a reunirte con él! -aulló otro asesino aplicándole su mosquete en la sien y soltando el gatillo.
Pero el disparo no salió.
Entonces, el asesino invirtió su arma, y cogiéndola con las dos manos por el cañón, asestó a Jean de Witt un culatazo.
Jean de Witt vaciló y cayó a sus pies.
Pero enseguida, volviéndose a levantar con un supremo esfuerzo, gritó con voz tan lastimera que el joven cerró la contraventana ante él.
-¡Mi hermano!
Por otra parte, quedaba poca cosa que ver, porque un tercer asesino le disparó a Jean de Witt a bocajarro un pistoletazo que le hizo saltar el cráneo.
Jean de Witt cayó para no levantarse más.
Entonces, cada uno de aquellos miserables, enardecido por esta caída, quiso descargar su arma sobre el cadáver. Cada uno quiso darle un golpe con la maza, con la espada o con el cuchillo; cada uno quiso obtener su gota de sangre, arrancar su jirón del traje.

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