El tulipán negro (Alejandro Dumas) Libros Clásicos

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Guillermo saltó sobre el caballo sin utilizar los estribos, y picando espuelas tomó el camino de Leiden.
Cuando estuvo en él, se volvió.
El coronel le seguía a un largo de caballo.
El príncipe le hizo señal de que se pusiera a su lado.
-¿Sabéis -dijo sin detenerse- que aquellos bribo nes han matado también al señor Jean de Witt al igual que acababan de matar a Corneille?
-¡Ah, monseñor! -exclamó tristemente el coronel-. Preferiría por vos que todavía quedasen esas dos dificultades a franquear para ser de hecho el estatúder de Holanda.
-Evidentemente, hubiese sido mejor -dijo el jo ven- que lo que acaba de suceder no hubiera ocurrido. Pero en fin, lo hecho, hecho está, y nosotros no tenemos la culpa. Apresurémonos, coronel, para llegar a Alphen antes que el mensaje que seguramente los Estados van a enviarme al campamento.
El coronel se inc linó, dejó pasar a su príncipe delante, y tomó a continuación el lugar que tenía antes de que él le dirigiera la palabra.
-¡Ah! Me gustaría -murmuró siniestramente Guillermo de Orange frunciendo las cejas, apretando sus labios y hundiendo sus espuelas en el vientre de su caballo-, me gustaría ver la cara que pondrá Luis el
1 Moneda de cobre de cinco céntimos
Sol, cuando sepa de qué forma acaban de tratar a sus buenos amigos los señores De Witt. ¡Oh! Sol, sol, como me llamo Guillermo el Taciturno; ¡sol, guarda tus rayos!
Y galopó sobre su bue n caballo ese joven príncipe, el encarnizado rival del gran rey, ese estatúder tan poco firme todavía la víspera en su nuevo poderío, pero al que los burgueses de La Haya acababan de ponerle un estribo con los cadáveres de Jean y Corneille, dos nobles príncipes tanto delante de los hombres como ante Dios.

El Tulipán Negro
V El Aficionado A Los Tulipanes Y Su Vecino
Entretanto, mientras los burgueses de La Haya troceaban los cadáveres de Jean y de Corneille, mientras Guillermo de Orange, después de haberse asegurado que sus dos antagonistas estaban bien muertos, galopaba por el camino de Leiden seguido del coronel Van Deken, al que hallaba demasiado compasivo para continuar otorgándole la confianza con que le había honrado hasta entonces, Craeke, el fiel servidor, montado por su parte en un buen caballo, y muy lejos de imaginarse los terribles sucesos que habían acontecido desde su partida, galopó sobre las calzadas bordeadas de árboles hasta que estuvo fuera de la ciudad y de los pueblos vecinos.

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