El tulipán negro (Alejandro Dumas) Libros Clásicos

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Una vez en seguridad, para no despertar sospechas, dejó su caballo en una cuadra y continuó tranquilamente su viaje en barcos que por etapas le condujeran a Dordrecht pasando con habilidad por los caminos más cortos de esos brazos sinuosos del río los cuales estrechan bajo sus caricias húmedas aquellas islas encantado ras bordeadas de sauces, juncos y hierbas floridas, en las que ramoneaban indolentemente los gordos rebaños reluciendo al sol.
Craeke reconoció desde lejos a Dordrecht, la ciudad alegre, al pie de su colina sembrada de molinos. Vio las bellas casas rojas con líneas blancas, bañando en el agua sus pies de ladrillos, y dejando flotar por los balcones abiertos sobre el río sus tapices de seda salpicados de flores de oro, maravillas de India y China, y al lado de aquellos tapices, esos grandes sedales, trampas perma nentes para coger las voraces anguilas atraídas ante las viviendas por los desperdicios cotidianos que las cocinas lanzan al agua por sus ventanas.
Craeke, desde el puente de la barca, a través de todos aquellos molinos de aspas giratorias, percibía en el declive de la colina la casa blanca y rosa, final de su misión. Los caballetes del tejado se perdían en el follaje amarillento de una cortina de álamos, destacando sobre el fondo sombrío que le proporcio naba un bosque de olmos gigantescos. Se hallaba situada de tal modo que el sol, cayendo sobre ella como en un embudo, venía a secar, templar a incluso fecundar las últimas neblinas que la barrera de vegetación no podía impedir al viento del río que lleva ra cada mañana y cada noche.
Desembarcado en medio del tumulto ordinario de la ciudad, Craeke se dirigió enseguida hacia la casa de la que vamos a ofrecer a nuestros lectores una indispensable descripción.
Blanca, limpia, reluciente, más propiamente lavada, más cuidadosamente encerada en los lugares ocultos que lo estaba en los sitios visibles, aquella casa encerraba un feliz mortal.
Este feliz mortal, rara avis, como dice Juvenal, era el doctor Van Baerle, ahijado de Corneille. Habitaba en la casa que acabamos de describir, desde su infancia; porque aquélla era la casa natal de su padre y de su abuelo, antiguos mercaderes nobles de la noble ciudad de Dordrecht.
El señor Van Baerle, el padre, había amasado en el comercio de las Indias de tres a cuatrocientos mil florines que Van Baerle, hijo, había hallado completamente nuevos, en 1668, a la muerte de sus buenos y queridos padres, aunque aquellos florines estuvieran grabados con las milésimas de 1640 unos, y 1610 otros; lo que probaba que había florines del padre Van Baerle y flo rines del abuelo Van Baerle esos cuatrocientos mil florines, apresurémonos a decirlo, no eran más que el efectivo, el dinero de bolsillo de Cornelius van Baerle, el héroe de esta historia ya que sus propiedades en la provincia le proporcionaban unos intereses de alrededor de los diez mil florines.

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