El tulipán negro (Alejandro Dumas) Libros Clásicos

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Compró un telescopio con ayuda del cual, tan bien como al mismo rival, pudo seguir cada evolución de la flor, desde el momento en que saca, el primer año, su pálida yema fuera de la tierra, hasta que, después de ha ber cumplido su período de cinco años, redondea su no ble y gracioso cilindro sobre el que aparece el incierto matiz de su color y se desarrollan los pétalos de la flor, que solamente entonces revela los tesoros secretos de su cáliz.
¡Oh, cuántas veces el desgraciado celoso, inclinado sobre su escala, percibió en las platabandas de Van Baer le tulipanes que le cegaban por su belleza, le sofocaban por su perfección!
Entonces, después del período de admiración que no podía vencer, sufría la fiebre de la envidia, ese mal que roe el pecho y que transforma el corazón en una miríada de pequeñas serpientes que se devoran la una a la otra, fuente infame de horribles dolores.
Cuántas voces en medio de sus torturas, de las que ninguna descripción podría dar una idea, Boxtel estuvo tentado de saltar por la noche al jardín, destrozar las plantas, devorar las cebollas con los dientes, y sacrificar a su cólera al mismo propietario si se atrevía a defender sus tulipanes.
¡Pero matar un tulipán, a los ojos de un verdadero horticultor, es un crimen tan espantoso!
Matar a un hombre, puede ser excusable.
Sin embargo, gracias a los progresos que realizaba todos los días Van Baerle en la ciencia que parecía adivinar por instinto, Boxtel llegó a tal paroxismo de furor que pensó tirar piedras y palos en los parterres de tuli panes de su vecino.
Pero como reflexionó que al día siguiente, a la vista del destrozo, Van Baerle se informaría, que se comprobaría entonces que la calle estaba lejana, que las pie dras y los palos no caen del cielo en el siglo XVII como en los tiempos de los amalecitas, que el autor del crimen, aunque hubiera operado por la noche, sería descubier to y no solamente castigado por la ley, sino también deshonrado para siempre a los ojos de la Europa tulipanera, Boxtel aguzó el odio por la astucia y resolvió emplear un medio que no le comprometiera.
Una noche, ató dos gatos, cada uno por una pata trasera con un bramante de tres metros de longitud, y los lanzó desde lo alto del muro, en medio de la platabanda maestra, de la platabanda magnífica, de la pla tabanda real, que no solamente contenía el Corneille de Witt, sino también el Babançonne, blanco de leche, púrpura y rojo; el Marbrée, de Rotre, gris amarillo, rojo y encarnado brillante; y el Merveille, de Haarlem; el tulipán Colombin obscur y Colombin clair terni.

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