El tulipán negro (Alejandro Dumas) Libros Clásicos

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Van Baerle, mientras deploraba la desgracia que acababa de golpearle, desgracia que, por lo demás, por la providencia de Dios, era menos grande de lo que hubiera podido ser, no pudo adivinar la causa de la misma. Se informó solamente y supo que toda la noche había sido turbada por maullidos terribles. Por lo demás, reconoció el paso de los gatos por el rastro dejado por sus garras, por el pelo que había en el campo de batalla y en el cual las gotas indiferentes del rocío temblaban como lo hacían al lado, sobre las hojas de una flor rota, y para evitar que desgracia semejante se reprodujera en el por­venir, ordenó que un muchacho jardinero se acostara todas las noches en el jardín, en una caseta, al lado de las platabandas.
Boxtel oyó dar la orden. Vio alzarse la caseta en el mismo día, y muy feliz por no haber sido considerado como sospechoso del estropicio y más animado que nunca contra el feliz horticultor, esperó mejores oca siones.
Fue hacia aquella época cuando la sociedad tulipanera de Haarlem propuso un premio para el descubrimiento, no nos atrevemos a decir para la fabricación, del gran tulipán negro y sin mácula, problema no resuelto y considerado como insoluble, si se considera que en aquella época ni siquiera existía la especie de color par do en la Naturaleza.
Lo que hacía decir a todos, que los fundadores del premio hubieran podido ofrecer dos millones en lugar de las cien mil libras, dado que la cosa resultaba impo sible.
El mundo tulipanero, sin embargo, no se quedó menos emocionado por la posibilidad de su realización.
Algunos aficionados acogieron la idea, pero sin creer en su aplicación; tal es el poder imaginativo de los horticultores que, aun considerando su especulación como fallida por adelantado, no pensaron al principio más que en este gran tulipán negro reputado quiméricamente como el cisne negro de Horacio, y como el mirlo bla nco de la tradición francesa.
Van Baerle fue uno de los tulipaneros que acogieron la idea; Boxtel fue de los que pensaron en la especula ción. Desde el momento en que Van Baerle tuvo incrus tada esta tarea en su perspicaz é ingeniosa cabeza, comenzó lentamente las siembras y las operaciones ne cesarias para llevar del rojo al pardo, y del pardo al marrón oscuro, los tulipanes que había cultivado hasta entonces.

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