El tulipán negro (Alejandro Dumas) Libros Clásicos

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A partir del año siguiente, obtuvo especies de un pardo perfecto, y Boxtel los percibió en su platabanda, cuando él no había encontrado todavía más que el castaño claro.
Tal vez resultaría interesante explicar a los lectores las bellas teorías que tienden a demostrar que el tulipán toma sus colores de los elementos; tal vez nos agradaría establecer que nada es imposible para el horticultor que pone a contribución, con su paciencia y su genio, el fuego del sol, el candor del agua, los jugos de la tierra y los soplos del aire. Pero éste no es un tratado del tulipán en general; es la historia de un tulipán en particular lo que hemos resuelto escribir; nos ceñiremos a él por atrayentes que sean los incentivos del sujeto yuxtapuesto al que nos proponemos.
Boxtel, una vez más vencido por la superioridad de su enemigo, se aburrió del cultivo y, medio loco, se dedicó por entero a la observación.
La casa de su rival era una claraboya jardín abier to al sol, cuartos vidriados penetrables a la vista, casilleros, armarios, botes y etiquetas en los cuales el telesco pio se sumergía fácilmente; Boxtel dejó pudrirse las cebollas en sus camas, secar los capullos en sus cajas, morir los tulipanes en sus platabandas, y, desde entonces, concentrando su vida en su vista, no se ocupó más que de lo que ocurría en casa de Van Baerle: respiró por el tallo de sus tulipanes, apagó su sed con el agua que les echaban, y se sació con la tierra blanda y fina que espolvoreaba el vecino sobre sus queridas cebollas. Pero lo más curioso del trabajo no se operaba en el jardín.
Sonaba una hora, la una de la noche, y Van Baerle subía a su laboratorio, en el cuarto vidriado donde el telescopio de Boxtel penetraba también, y allí, cuando las luces del sabio sucediendo a los rayos del día ilumi naban paredes y ventanas, Boxtel veía funcionar el ge nio inventivo de su rival.
Le contemplaba escoger sus granos, regándolos con sustancias destinadas a modificarlos o a colorearlos. Lo adivinaba, cuando calentando algunos de aquellos gra nos, humedeciéndolos luego, combinándolos después con otros en una especie de injerto, operación minucio sa y maravillosamente realizada, encerraba en las tinieblas los que debían dar el color negro, exponía al sol o a la lámpara los que debían dar el color rojo, miraba en el eterno reflejo del agua los que debían proporcionar el color blanco, cándida representación hermética del ele mento húmedo.

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