El tulipán negro (Alejandro Dumas) Libros Clásicos

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Esta magia inocente, fruto del sueño infantil y del genio viril conjuntamente, ese trabajo paciente, eterno, del que Boxtel se reconocía incapaz, vertía en el telescopio del envidioso toda su vida, todo su pensamiento, toda su esperanza.
¡Cosa extraña! Tanto interés y el amor propio del arte no había apagado en Isaac la feroz envidia, la sed de venganza. Algunas veces, teniendo a Van Baerle bajo su telescopio, se hacía la ilusión que lo apuntaba con un mosquete infalible, y buscaba con el dedo el gatillo para soltar el disparo que debía matarlo; pero ya es tiempo de que volvamos de aquella época de los trabajos de uno y del espionaje del otro a la visita que Corneille de Witt, Ruart de Pulten, acababa de hacer a su ciudad natal.
VII El Hombre Feliz Entabla Conocimiento Con La Desgracia
Corneille después de haber atendido los asuntos de su familia, llegó a casa de su ahijado, Cornelius van Baerle, en el mes de enero del año de gracia de 1672.
Caía la noche.
Corneille, aunque poco dado a la horticultura, y menos todavía a las artes, visitó toda la casa, desde el taller hasta el invernadero; desde los cuadros hasta los tulipanes. Agradeció a su sobrino el haberle dejado en buen lugar sobre el puente de la nave almirante Les Sept Provinces durante la batalla de Southwood-Bay, y el haber dado su nombre a un magnífico tulipán, y todo ello con la compla cencia y la afabilidad que pudiera tener un padre hacia su hijo; y mientras inspeccionaba así los tesoros de Van Baerle, la muchedumbre se estacionaba con curiosidad, inclu so con respeto, delante de la puerta del hombre feliz.
Todo este ruido despertó la atención de Boxtel, que cenaba cerca de su fuego.
Se informó de lo que ocurría, lo supo y trepó a su laboratorio.
Y allí, a pesar del frío, se instaló, con el ojo en el telescopio.
Este telescopio no le era ya de gran utilidad desde el otoño de 1671. Los tulipanes, frioleros como verdaderos hijos de Oriente, no se cultivan en la tierra en invierno. Necesitan el interior de la casa, el lecho mullido de los cajones y las dulces caricias de la estufa. Así, Corne lius se pasaba todo el invierno en su laboratorio, en medio de sus libros y de sus cuadros.

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