El tulipán negro (Alejandro Dumas) Libros Clásicos

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-¡Está bien! ¡Está bien, mi querido Craeke! -dijo Cornelius, extendiendo el brazo bajo la mesa para
recuperar la preciosa cebolla-. Se leerá tu papel. Luego, recogiendo el bulbo, que colocó en el hue co de su mano para examinarlo, pensó: «¡Bueno! Éste está intacto. ¡Vaya con el diablo de Craeke! ¡Entrar así en mi secadero! Veamos el
otro, ahora.» Y sin soltar la cebolla fugitiva, Van Baerle avanzó hacia la chimenea, y de rodillas, con la punta de
los dedos, se puso a palpar las cenizas que afortunadamente estaban frías. A1 cabo de un instante, sintió el segundo bulbo. «Bueno. Aquí está.» Y contemplándolo con una atención casi paternal dijo en voz alta: -Intacto como el primero. En el mismo instante, y cuando Cornelius, todavía de rodillas, examinaba el segundo bulbo, la puerta
del secadero fue sacudida rudamente y se abrió de tal forma a continuación que sintió subir a sus
mejillas, a sus orejas, la llama de esta mala consejera que se llama có lera. -¿Qué más hay? -preguntó-. ¿Se han vuelto locos todos los de ahí dentro? -¡Señor! ¡Señor! -exclamó un criado precipitándose en el secadero con el rostro más pálido y el
aspecto más asustado aún del que tenía Craeke momentos antes. -¿Y bien? -preguntó Cornelius, presagiando una desgracia ante esta doble infracción de todas las
reglas. -¡Ah, señor! ¡Huid, huid de prisa! -gritó el criado. -Huir, ¿y por qué? -Señor, la casa está llena de guardias de los Estados. -¿Qué quieren? -Os buscan. -¿Para qué? -Para arrestaros.
-¿Para arrestarme, a mí?
-Sí, señor, vienen precedidos de un magistrado.
-¿Qué significa esto? -preguntó Van Baerle apretando sus dos bulbos en la mano y dirigiendo su mirada asombrada hacia la escalera en la que se oía gran tumulto.
-¡Suben, suben! -gritó el servidor.
-¡Oh! Mi querido niño, mi digno amo -exclamó la nodriza entrando a su vez en el secadero-. ¡Recoged vuestro oro, vuestras joyas, y huid, huid!
-Mas, ¿por dónde quieres que huya, nodriza? -preguntó Van Baerle.
-Saltad por la ventana.
-Siete metros.
-Caeréis sobre dos metros de tierra blanda.
-Sí, pero caeré sobre mis tulipanes.
-No importa, saltad.
Cornelius cogió el tercer bulbo, se acercó a la ventana, la abrió, pero ante el destrozo que iba a ocasionar en sus platabandas, mucho más todavía que a la vista de la distancia que tenía que franquear,

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