Historia de un muerto contada por él mismo (Alejandro Dumas) Libros Clásicos

Página 8 de 16

Un débil rayo de luna, que penetraba a través de las nubes negras, iluminaba un horizonte de tumbas blancas que parecían una escalera hacia el cielo. Todas aquellas voces indefinidas de la noche que presidían mi despertar parecían cargadas de misterio y terror.

»Volví la cabeza y busqué a quien me había llamado. Estaba sentado junto a mi tumba, espiando todos mis movimientos, la cabeza apoyada en las manos y una sonrisa extraña bajo su mirada horrible.

»Tuve miedo.

-¿Quién sois? –le dije reuniendo todas mis fuerzas–, ¿por qué despertarme?

-Para prestarte un servicio –me respondió.

-¿Dónde estoy?

-En el cementerio.

-¿Quién sois?

-Un amigo.

-Dejadme en mi sueño.

-Escucha –me dijo–, ¿te acuerdas de la tierra?

-No.

-¿No echas de menos nada?

-No.

-¿Cuánto hace que duermes?

-Lo ignoro.

-Yo te lo diré. Estás muerto desde hace dos días, y tu última palabra ha sido el nombre de una mujer en lugar de ser el del Señor. Hasta el punto de que tu cuerpo sería de Satán, si Satán quisiera cogerlo. ¿Comprendes?

-Sí.

-¿Quieres vivir?

-¿Sois Satán?

-Satán o no, ¿quieres vivir?

-¿Nada más que vivir?

-No, volverás a verla.

-¿Cuándo?

-Esta noche.

-¿Dónde?

-En su casa.

-Acepto –dije yo tratando de levantarme. ¿Tus condiciones?

-No te las pongo –me respondió Satán–; ¿crees acaso que de cuando en cuando no soy capaz de hacer el bien? Esta noche ella da un baile y te llevo a él.

-Vayamos, pues.

-Vayamos.

»Satán me tendió la mano, y me encontré de pie.

»Describir lo que experimenté sería cosa imposible. Sentía que un frío terrible helaba mis miembros, es todo cuanto puedo decir.

-Ahora –continuó Satán–, sígueme. Comprende que no te haga salir por la puerta principal, el portero no te dejaría pasar, querido; una vez aquí, no se sale. Sígueme, pues: vamos primero a tu casa, donde te vestirás; porque no puedes ir al baile con el traje que llevas, tanto más cuanto que no es un baile de disfraces; pero envuélvete bien en tu sudario, porque la noche es fría y podrías enfermar.

»Satán se echó a reír como ríe Satán, y yo seguí caminando tras él.

-Estoy seguro –continuó– de que pese al servicio que te hago, no me amas todavía.

Página 8 de 16
 

Paginas:


Compartir:




Diccionario: