La Dama de las Camelias (Alejandro Dumas) Libros Clásicos

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El alma tiene extraños refugios. Louise corrió a anunciar a su madre la noticia que tan feliz la hacía. Da vergüenza decirlo, aunque no estamos hablando aquí de la inmoralidad por gusto: estamos contando un hecho real, que tal vez haríamos mejor callando, si no creyéramos que de cuando en cuando es preciso revelar los martirios de esos seres a quienes se condena sin oír y se desprecia sin juzgar; da vergüenza, decimos, pero la madre respondió a la hija que ya no les ssóbraba nada para dos y que no tendrían bastante para tres; que tales hijos son inútiles y que un embarazo es una pérdida de tiempo.
Al día siguiente una comadrona, a quien designaremos sólo como la amiga de la madre, fue a ver a Louise, que se quedó unos días en la cama, y volvió a levantarse más débil y más pálida que antes.
Tres meses después un hombre se compadeció de ella y emprendió su curación moral y hsica; pero la última sacudida había sido excesivamente violenta, y Louise murió a consecuencia del aborto.
La madre vive todavía: ¿cómo? ¡Sabe Dios!
Esta historia me vino a la memoria mientras contemplaba los estuches de plata, y en estas reflexiones debió de pasar al parecer cierto tiempo, pues ya no quedábamos en la casa más que yo y un vigilante, que desde la puerta observaba con atenció n si no me llevaba nada.
Me acerqué a aquel hombre, a quien tan graves recelos inspiraba.
––¿Podría decirme ––le dije–– el nombre de la persona que vivía aquí?
––La señorita Marguerite Gautier.
Conocía a esa joven de nombre y de vista.
––¡Cómo! ––––dije al vigilante––. ¿Ha muerto Marguerite Gautier?
––Sí, señor.
––¿Y cuándo ha sido?
––Creo que hace tres semanas..
––¿Y por qué dejan visitar el piso?
––Los acreedores han pensado que así subiría la subasta. La gente puede ver de antemano el efecto que hacen lo s tejidos y los muebles. Eso anima a comprar, ¿comprende?
––¿Ah, tenía deudas?
––¡Oh, sí, señor! Y no pocas.
Pero seguramente la subasta las cubrirá, ¿no?
––Y sobrará.
––¿Entonces quién se llevará el resto?,
––Su familia.
––¿Ah, tiene familia?
––Eso parece.
Muchas gracias.
El vigilante, tranquilo ya respecto a mis intenciones, me saludó y salí.
«¡Pobre chica! iba diciéndome mientras volvía a mi casa––.

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