La Dama de las Camelias (Alejandro Dumas) Libros Clásicos

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Me parecía que tenía que olvidar su insulto y mi ridículo; me decía que, aunque tuviera que gastar lo que poseía, aquella chica sería mía y ocuparía pot derecho propio el sitio que tan rápidamente había abandonado.
Antes de que terminara el espectáculo, Marguerite y su amiga d ejaron el palco.
Sin querer también yo dejé mi butaca.
––¿Se va usted? ––me dijo Ernest.
––Sí.
––¿Pot qué?
En aquel momento se dio cuenta de que el palco estaba vacío.
––Váyase, váyase ––dijo––, y buena suerte, o más bien, mejor suerte.
Salí.
En la escalera oí roces de vestidos y rumor de voces. Me aparté y, sin set visto, vi pasar a las dos mujeres

y a los dos jóvenes que las acompañaban. Bajo el peristilo del teatro un botones se presentó ante eilas.
––Ve a decir al cochero que espere a la puerta del Café Inglés ––dijo Marguerite––; iremos a pie hasta allí.
Unos minutos después, rondando pot el bulevar, vi a Margueri te a la ventana de uno de los grandes reservados del restaurante: apoyada en el alféizar, deshojaba una a una las camelias de su ramo.
Uno de los dos jóvenes estaba inclinado sobre su hombro y le hablaba en voz baja.
Me fui a la Maison––d´Or, me instalé en los salones del primer piso y no perdí de vista la ventana en cuestión.
A la una de la mañana Marguerite volvía a subir a su coche con sus tres amigos.
Tomé un cabriolé y la seguí.
El coche se detuvo en la cane de Antin, número 9.
Marguerite se apeó y entró Bola en su casa.
Fue sin duda una casualidad, pero aquella casualidad me hizo muy dichoso.
Desde aquel día me encontré muchas veces con Marguerite en los espectáculos o en los Campos Elíseos. Ella siempre con la misma alegría, yo siempre con la misma emoción.
Sin embargo pasaron quince días sin que volviera a verla en ningún sitio. Me encontré con Gaston, y le pedí noticias de ella.
––La pobre chica está muy enferma ––me respondió.
––¿Pues qué tiene?
––Tiene que está tísica y que, como la vida que ha llevado no es la más adecuada para curarse, está en la cama y se muere.
El corazón es extraño; casi me alegré de aquella enfermedad.
Todos los días iba a preguntar por ––la enferma, aunque sin escribir mi nombre ni dejar mi tarjeta.

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