Las Pónticas (Ovidio) Libros Clásicos

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Yo soy aquel buen amigo que en los días de fiesta solías sentar a la mesa entre tus comensales; yo soy el que celebró tu himeneo a la luz de las an­torchas, cantando versos dignos de tu fausto enlace. Recuerdo que solías ensalzar mis libros, excepto aquellos que perdieron a su autor, y que te dignabas alguna vez leerme los tuyos, que oía con admira­ción. Soy aquel a quien disteis una esposa de vuestra familia. Marcia la considera, la ama desde su tierna infancia, y siempre la ha contado en el número de sus amigas. Antes mereció igual distinción de una tía de César: mujer apreciada por tales personas, es virtuosa de veras; alabada por ellas, la misma Clau­dia, superior a su reputación, no hubiese necesitado la ayuda divina. Yo asimismo viví sin tacha los pri­meros años; sólo los últimos reclaman el olvido. No quiero abogar por mí, mas os importa el cuidado de mi esposa, y no podéis rehusarlo sin eclipsar vuestro honor. Vedla, recurre a vosotros, se abraza a vues­tras aras; todos acuden con razón a los dioses que reverencian, y llorando os piden que ablandéis al César con vuestras preces, para que descansen más cerca de ella las cenizas de su esposo.
III
Rufino, tu amigo Nasón, si un desgraciado pue­de serlo de alguien, te saluda en la epístola que te envía. Los últimos consuelos que de ti recibió mi alma abatida, alientan la esperanza del remedio de mis males. Como el héroe hijo de Peán sintió cal­marse dolor de su herida gracias al saber de Macaón en el arte médica, así yo, presa del abatimiento y víctima de herida más grave, comencé a fortalecer­me con tus consejos, y cuando ya desesperaba del todo, tus palabras me restituyeron la salud, como un vino fortificante restaura el pulso desfallecido. Pero la fuerza de tu elocuencia no ha sido tan arrebatado­ra que haya sanado radicalmente mi dolencia, Por mucho que agotes el abismo de mis hondas triste­zas, no conseguirás que su número disminuya. Aca­so después de mucho tiempo, la cicatriz llegue a cerrarse: las heridas recientes se irritan contra la ma­no que se dispone a su curación.

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