Las Pónticas (Ovidio) Libros Clásicos

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De todas mis épocas, ninguna se me repre­senta con la tenacidad de aquélla, que habría queri­do fuese la última de mi existencia. Cuando mi casa se derrumbó de golpe con espantosa ruina, cayendo sobre la cabeza de su dueño, Máximo, él vino en mi ayuda, y cuando casi todos me abandonaban, él no siguió a la fortuna. Yo le vi llorar desolado mi des­gracia, como si presenciara que llevaban a su her-mano a la pira; se arrojó en mis brazos, consoló mi honda aflicción y mezcló sus lágrimas con el raudal de las mías. ¡Oh!, ¡cuántas veces, guardián aborreci­ble de mi amarga vida, contuvo mis manos prontas a terminar con ella!; ¡cuántas veces me dijo!: «La cólera de los dioses se deja aplacar; vive, y no de­sesperes de la posibilidad del perdón. Y oye las pa­labras que me impresionaron más: «Considera de cuánto auxilio te puede servir Máximo; Máximo se esforzará, con el celo de la amistad que te profesa, rogando a César que no lleve al extremo los efectos de su cólera. A sus esfuerzos juntará los de su her-mano, y no habrá recurso a que no apele para dulci­ficar tu suerte.» Estas palabras consolaron el tedio de mi ánimo; a ti, Máximo, toca acreditar que no se pronunciaron en balde. A menudo solía jurarme que vendría aquí, siempre que tú le dieses licencia para emprender tan largo viaje; porque el culto que tri­buta a tu casa es tan respetuoso como el que tú mismo rindes a los dioses que imperan en el mun­do. Créeme, tienes merecidamente innumerables amigos, pero ninguno que supere los quilates de su amistad; que no es la hacienda ni el linaje, sino la honradez y el talento, lo que enaltece a los hombres. Vierto con sobrada razón en la muerte de Celso el llanto que él derramó hallándome sin vida el día de mi destierro; con razón le dedico estos versos que testifican sus nobles cualidades, para que los venide­ros lean el nombre de Celso. Es lo único que puedo enviarte desde los campos Géticos, lo único que puedo llamar mío. No me fue dado acompañar tu funeral y esparcir perfumes sobre tu cuerpo, porque el universo entero me alejaba de tu pira.

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