Las Pónticas (Ovidio) Libros Clásicos

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Por tus relatos supe que poco ha se reunie­ron pueblos innumerables para contemplar de cerca el rostro de su caudillo, y Roma, cuyas extensas mu­rallas encierran al orbe universal, apenas pudo reci­bir a tantos extranjeros. Tú me referiste que por espacio de muchos días el Austro tempestuoso no cesó de derramar continuas lluvias, y que el sol ilu­minó con luz celestial el día del triunfo, armonizán­dolo con el aspecto regocijado del pueblo; así pudo el vencedor distribuir a los guerreros el premio de sus hazañas, prodigándoles merecidos elogios, y antes de vestir las ropas bordadas, como insignia esclarecida, ofreció el incienso en las santas aras y aplacó piadoso a la justicia, tan reverenciada de su padre, que reside como en un templo dentro de su corazón. Por donde pasaba oía votos felices, aho­gados por los aplausos, y las rosas, impregnadas de rocío, cubrían el pavimento. Iban delante las imáge­nes en plata de los muros rotos, las ciudades expug­nadas y sus habitantes vencidos; los ríos, los montes, los prados que ciñen altas selvas; las armas y los dardos agrupados en trofeo. El áureo carro triunfal, que el sol encendía, doraba con sus reflejos las casas del foro romano; los jefes cautivos, con los cuellos en cadenas, eran tan numerosos, que casi formaban un ejército de enemigos, y la mayor parte obtuvieron la vida y el perdón, entre ellos Bato, el promovedor y cabeza de esta guerra. ¿Por qué he de negar que puede disminuir la cólera de los dioses contra mí, cuando los veo tan benévolos con los enemigos? Germánico, el mismo rumor esparcido por acá publicó las ciudades que aparecieron inscri­tas a tu nombre, sin que valiesen nada contra tu valor la solidez de los muros, la fuerza de las armas ni la situación ventajosa que ocupaban. Que los dio­ses te concedan muchos años; lo demás corre de tu cuenta, como den a tu virtud luenga vida. Mis súpli­cas serán escuchadas, algo significan los oráculos de los vates; un dios responde a mis preces con señales favorables. Roma, alborozada, te verá vencedor so­bre tus corceles coronados subir por la roca Tarpe­ya.

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