Las Pónticas (Ovidio) Libros Clásicos

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Cuando le veas sereno, cuando remita el ceño que llena de espanto al orbe y al Imperio, ruégale que no tolere que yo sea una débil presa de los Getas, y acuerde clima menos duro a mi destie­rro miserable. El momento es propicio a tales pre­tensiones: se siente dichoso y ve prosperar la pujanza de Roma, que ha consolidado; su esposa, en perfecta salud, conserva la pureza del tálamo nup­cial, y su hijo extiende el poderío de Ausonia. El mismo Germánico se aventaja a los años con su valor, y el arrojo de Druso no cede a su nobleza, y, en fin, sus nueras, sus tiernas nietas, las hijas de sus nietos y todos los miembros de la familia de Au-gusto gozan vida floreciente. Añádase a esto los Peonios recién subyugados, los brazos de los mon­tañeses Dálmatas sujetos a la quietud, y la Iliria, que, deponiendo las armas, no Se desdeña de someter su cabeza esclava a las plantas de César. Él mismo, montado en su carro y atrayendo las miradas con plácido rostro, ceñía a sus, sienes el laurel de la vir­gen amada de Febo. Con vosotros acompañábanle en la marcha sus piadosos hijos, dignos de tal padre, dignos de los honores recibidos y semejantes a aquellos hermanos a quienes desde su excelsa man­sión vio el divino Julo ocupar el próximo templo, Mesalino no les disputa el primer lugar en la común alegría: debe ceder ante ellos; mas fuera de ellos no hay quien le emule en su adhesión; en este particu­lar, Mesalino, no ocuparás nunca el segundo puesto; le honras porque, sin reparar en tu corta edad, pre­mió tus méritos ciñendo de laurel tu frente ennoble-cida por el valor. Felices los que fueron testigos de semejantes triunfos y gozaron la presencia de un caudillo igual a los dioses. ¡Ah!, yo, en vez del rostro de César, tengo que contemplar los de los Sármatas, y una tierra privada de la paz y unas aguas que en­cadena el hielo. Pero si me oyes, y mi voz llega hasta ti, haz que tu influjo obtenga otro lugar para mi destierro. Tu padre, a quien tanto respeté desde mis primeros años, te pide esto mismo, si aun conserva el sentido su elocuente sombra; esto mismo te pide tu hermano, aunque tal vez recele que te sea perju­dicial el empeño de salvarme; te lo pide toda tu fa­milia, y tampoco osarás negar que me contaste en el número de tus amigos.

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