Las Pónticas (Ovidio) Libros Clásicos

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Aunque enmudezca quien no temblará ante la ira de César, a mi castigo se añadieron palabras ignominiosas: alí­viase el destierro con la bonanza del tiempo; yo hu-be de arrostrar las amenazas del Arturo y las Pléyadas. La placidez del invierno favorece en oca­siones a los navegantes, y jamás las olas se enfure­cieron tan crueles con las naves de Ítaca. La noble fidelidad de mis compañeros hubiese endulzado mis amarguras, y una pérfida turba se enriqueció con mis despojos. El lugar hace tolerable el destierro, y entre los dos polos no hay región más sombría que la que habito. Algo vale estar próximo a las fronte­ras de la patria, mas yo vivo en un pueblo relegado a los postreros confines del orbe.
Tus laureles, César, aseguran la paz a los deste­rrados; mas el Ponto siempre se halla expuesto a los ataques de sus vecinos. Es grata ocupación la de consagrarse al cultivo de los campos; un bárbaro enemigo impide laborar la tierra. El cuerpo y el alma se vigorizan con un clima benigno; el frío eterno hiela las playas de Sarmacia. Beber agua dulce es placer que pocos envidian, y aquí se bebe la del pantano mezclada con la salobre del mar. Todo me falta; pero mi ánimo se sobrepone a todo y presta fuerzas a mi cuerpo abatido. Para resistir una carga, precisa que el hombre ponga a contribución todas sus fuerzas,. pues caerá al suelo a poco que los ner­vios se relajen. Sólo la esperanza de aplacar un día la cólera del príncipe me impide desear la muerte y su­cumbir a mis penas. Asimismo me ofrecéis grandes consuelos, vosotros, contados amigos, cuya fideli­dad experimenté en mis duros trances. Te ruego, Ático, que prosigas y no abandones mi nave en las olas; conserva a tu amigo y la estimación en que le tienes.
VIII

A MÁXIMO COTA
Son en mi poder, Máximo Cota, las imágenes de los dos Césares, esos dioses que acabas de enviarme; y para que el regalo adquiera incalculable valer, con los Césares viene la imagen de Livia. ¡Plata dichosa más que todo el oro del mundo, ayer metal informe y al presente convertida en un dios! Dándome co­piosas riquezas, no me las hubieras proporcionado mayores que enviándome esas tres divinidades.

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