Las Pónticas (Ovidio) Libros Clásicos

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Si recuerdas estos tiempos, tus ojos me verán a todas horas, aunque me halle ausente, como enton­ces me veían, y yo, relegado a los postreros confines del mundo, bajo la estrella Polar que permanece in­móvil sobre las líquidas ondas, te veo también como alcanzo en mi imaginación, y bajo este cielo helado converso muchas veces contigo. Vives aquí, y lo ig­noras; bien que ausente, la celebridad te conduce a mi lado: te veo salir de Roma y arribar al país de los Getas. Págame en la misma moneda; y puesto que tu residencia es más dichosa que la mía, haz por no apartarme nunca de tu memoria y tu corazón.
XI

A RUFO
Nasón, el autor de un Arte bien poco afortuna­do, te envía, Rufo, esta obra que compuso en breví­simo tiempo, para advertirte que todavía me acuerdo de ti, aunque vivimos separados por el mundo entero. Antes me olvidaré de mi propio nombre que arroje del corazón tu piadosa amistad, y mi alma volará en los vacíos aires antes que deje de reconocer los beneficios de ti recibidos. Llamo gran beneficio a las lágrimas que inundaron tus mejillas cuando secaba las mías la intensidad del dolor; lla­mo gran beneficio a los consuelos que ofreciste a mi profunda tristeza, aliviando a la par tu pecho y el mío. Cierto que mi esposa es digna de alabanza por sí misma, pero tus advertencias contribuyen a digni­ficarla más. Yo me regocijo de que seas para mi es­posa lo que fue Cástor para Hermíone, y Héctor pa­ra Julo; ella se esfuerza en igualar tu honradez, y con su conducta acredita que corre tu sangre por sus ve­nas; así, lo que había de hacer sin extraños estímu­los, lo realiza mejor alentada por tus consejos. El corcel brioso y resuelto por sí a conquistar la palma de la carrera, redobla su ardor si le animan con los gritos. Además cumples los encargos del amigo au-sente con fidelidad escrupulosa, y no te pesa sobre­llevar ninguna obligación. Que los dioses te premien, puesto que yo no puedo, como te premia­rán si tus piadosas acciones no se ocultan a sus mi­radas; y ojalá las fuerzas del cuerpo respondan a tus nobles cualidades, ¡oh Rufo, la gloria mayor del país de Fundi!

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