Las Pónticas (Ovidio) Libros Clásicos

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Me preguntas qué debes hacer: pregúntatelo a ti misma, y lo sabrás, si en realidad quieres saberlo. Querer es poco: conviene que lo desees con ardor para lograr tu propósito, y que este cuidado te quite las horas del sueño; sé que lo mismo quieren mu­chos, ¿pues quién habrá tan enconado conmigo que me desee la vida del destierro privado de reposo? Necesito que lo hagas de todo ,corazón, con todas tus fuerzas, trabajando en mí favor sin descanso no­che y día. Aunque otros ayuden, tú debes sobrepujar a los amigos y, como esposa, acudir la primera a de­fenderme. Mis escritos te obligan a representar un papel de importancia: en ellos afirmo que eres el de­chado de la buena esposa. No decaigas de este con­cepto, procura que mis elogios resulten verdaderos, y así mantendrás tu reputación. Cuando yo no me quejase, la fama se quejaría, haciendo befa de mi si­lencio, si no mereciese de ti los solícitos cuidados que me debes. La fortuna me expuso a las mirada s del pueblo, dándome la notoriedad que antes no te­nía. Capaneo se hizo más célebre por haberle herido el rayo, y Anfiarao más famoso por habérselo, tra­gado la tierra con sus corceles. Sería menos conoci­do Ulises a no haber vagado por los mares, y Filotectes conquistó la celebridad gracias a su heri­da. Si queda lugar para un modesto nombre entre éstos tan ilustres, también yo atraeré las miradas con motivo, de mi destierro. Tampoco consentirán mis libros que pases ignorada, y ya les debes una nom­bradía no inferior a la de Batis de Cos. Tus acciones serán representadas en un vasto teatro, y tu piedad conyugal tendrá numerosos testigos. No lo, dudes: cuantas veces te ensalzo en mis versos, la que lee tus alabanzas pregunta si las mereces. Y como muchas, a mi juicio, alientan tus virtudes, así hay no pocas que se gozarían en criticar tu conducta; por eso has de esforzarte en que la envidia no pueda decir: «Esta anda poco, solícita por salvar a su mísero esposo.»
Ya que me siento desfallecer e incapaz de dirigir el carro, procura sostener tú sola el débil yugo.

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