Las Pónticas (Ovidio) Libros Clásicos

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Si la distraen asuntos de importancia, difiere la presentación; no sea que el apresuramiento arruine mis esperanzas. No por eso te ordeno que solicites su favor el día en que la ha­lles desocupada; apenas dispone de tiempo libre pa­ra arreglar su tocado. Cuando asedien su palacio los respetables senadores será la ocasión de acercarte a ella a través de todos los obstáculos, y cuando hayas conseguido llegar a la presencia de esta Juno, no ol­vides el papel que te toca representar. No defiendas mi delito, una mala causa reclama el silencio, y sue­nen tus palabras como ardientes plegarias. Entonces no contengas las lágrimas, y prosternada en el suelo, extiende los brazos a tos pies de la inmortal, y no le pidas más que verme alejado de un cruel enemigo: bastante tengo con sufrir la enemistad de la fortuna. Otras recomendaciones me ocurren, pero turbada por el respeto, apenas acertarían a pronunciar esas palabras tus trémulos labios: sospecho que esto no te acarreará daño alguno; importa que ella sienta que su majestad te anonada. No me perjudicará que en­trecorten las palabras tus sollozos; a veces las lágri­mas tienen más peso que los ruegos. Escoge asimismo un próspero día que aliente tu empresa, y que la favorezcan una hora conveniente y un presa­gio feliz. Pero antes enciende el fuego en los sacros altares, y ofrece incienso y vino puro a los grandes dioses, y sobre todos adora al numen de Augusto, a su piadoso hijo y a la compañera de su tálamo. Ojalá se muestren contigo tan benévolos como acostumbran y miren tus lágrimas con el rostro en­ternecido.
II

A COTA
Celebraré, Cota, que la salud que te envío en la presente carta la goces tan perfecta como deseo así, aliviarás mucho mis tormentos, pues tu salud es la mejor parte de mí mismo. Mientras algunos se aco­bardan y abandonan mis velas al furor de la tem­pestad, tú resistes como la única áncora de mi nave destrozada. Agradezco infinito tu amistad, y perdo­no a los que me volvieron la espalda en la adversa suerte. El rayo, aunque hiera a uno solo, aterra a muchos, y estremece de espanto a la turba que se congrega en torno del herido.

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