Las Pónticas (Ovidio) Libros Clásicos

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Cuando un muro amenaza desplomarse, el temor nos aparta con presteza del peligro. ¿Qué persona algo tímida no huye del enfermo contagioso, temiendo contraer la enfermedad que padece? De igual modo algunos de mis amigos me desampararon, por exceso de miedo y aun temor no por odio. No les faltó el cariño ni la voluntad de servirme, pero les asustó la cólera de los dioses. Cuanto más, deben llamarse cautos y tími­dos, sin merecer que se les tenga por malvados.
De esta manera excusa mí bondad la flaqueza de los caros amigos, dispuesta a absolverlos por su parte de toda acusación. Queden satisfechos de mi indulgencia, y puedan afirmar que mi testimonio disculpa su proceder. Mas algunos pocos tan leales como tú, estimasteis deshonroso no prestarme ayu­da en la adversidad, y vivid seguros de que sólo ol­vidaré vuestros beneficios el día que mi cuerpo, consumido, se reduzca a cenizas. Me equivoco; este recuerdo será más permanente que mi vida si la posteridad llega a leer mis escritos. La funesta ho­guera reclama los cuerpos exánimes, mientras la glo­ria y la nombradía se libran de las llamas. Murió Teseo, murió el compañero de Orestes; pero uno y otro viven en las alabanzas a sus nombres tributa­das: así también nuestros últimos descendientes en­comiarán vuestras acciones, y en mis poesías resplandecerá vuestra gloria. Aquí mismo los Getas y Sármatas ya os conocen, y sus hordas bárbaras en­salzan vuestro aliento generoso. Relatándoles yo ha-ce poco vuestros nobles hechos, pues he aprendido a hablar los idiomas de entrambos pueblos, un viejo que al azar se hallaba entre el concurso, respondió con tales palabras a las mías: «Extranjero, también nosotros conocemos el nombre de la amistad, aun­que habitamos lejos de vosotros las riberas heladas del Íster. Hay una región de Escitia por los antiguos llamada Táurida, y no muy distante del país de los Getas; allí nací yo, y no me avergüenzo de mi patria; sus habitantes rinden culto a la diosa hermana de Febo; aun subsiste su templo sostenido en podero­sas columnas, y se penetra en él subiendo cuarenta gradas. Es fama que allí se alzaba una imagen de la divinidad venida del cielo, y para que no lo dudes, todavía permanece la base que sustentaba el simula­cro de la diosa.

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