Las Pónticas (Ovidio) Libros Clásicos

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El ara, deslumbrante con la blancura de la piedra, perdió su color enrojecida por la sangre que en ella se vertía. Preside los sacrificios una mu­jer que desconoce la antorcha de Himeneo, y aven­taja en nobleza a las doncellas de Escitia. La ley de los ritos, que establecieron los antepasados, ordena que todo extranjero caiga herido por el cuchillo de una virgen. Toas, ilustre en las orillas de la laguna Meotis, gobernaba, el reino, y ningún otro obscure­cía su notoriedad en las riberas del Euxino. En los días que empuñaba el cetro no sé qué virgen llama-da lfigenia, atravesó el éter fluido y depuso a Diana en estos lugares, conduciéndola bajo una nube a fa­vor de los vientos por la superficie del piélago. Des-de muchos años ella presidía en el templo los ritos y prestaba de mal grado su mano a tan tristes sacrifi­cios, cuando he aquí que arriban dos jóvenes en na­ve de rápidas alas y huellan con su planta nuestro litoral; los dos de la misma edad, y unidos por igual afecto: el uno se llamaba Orestes y el otro Pílades; la fama conserva sus nombres. Al momento, con las manos sujetas a la espalda, son conducidos al ara sangrienta de Diana; la sacerdotisa griega derrama sobre los cautivos el agua lustral antes de ceñir lar­gas ínfulas a sus rubias cabelleras. Mientras prepara el sacrificio y ata las vendas a sus sienes, halla a cada instante motivos que retrasen la ejecución. «Perdo­nad, jóvenes -les dice -; Yo no soy cruel, pero me veo obligada a realizar estos sacrificios más bárbaros que el país en que se ejecutan: son leyes de esta gente. Mas, decidme, ¿de qué ciudad llegasteis?; ¿hacia dónde os dirigíais en vuestra infausta nave?» Dijo, y así que la piadosa virgen oyó el nombre de su patria, dióse cuenta de que habían nacido en la misma ciudad donde ella viera la luz, y exclama: «El uno de vosotros caerá víctima ante el ara de la dio­sa, y el otro llevará la noticia a la mansión de sus padres.» Pílades, dispuesto a morir, pretende que vaya su querido Orestes; éste lo rehusa, y el uno y el otro pugnan ofreciéndose a la muerte.

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