Sueños de un paseante solitario (Jean Jacques Rousseau) Libros Clásicos

Página 8 de 97


Este recurso, del que me percaté demasiado tarde, llegó a ser tan fecundo que pronto bastó a resarcirme de todo. El hábito de entrar en mí mismo hizo que perdiera al fin el sentimiento y casi el recuerdo de mis males, aprendí así por mi propia existencia que la fuente de la verdadera felicidad está en nosotros y que no depende de los hombres el hacer realmente miserable a quien sabe querer ser feliz. Hacía cuatro o cinco años que disfrutaba normalmente de las delicias internas que las almas amantes y dulces encuentran en la contemplación. Los embelesos, los éxtasis que sentía en ocasiones al pasearme así, solo, eran goces que debía a mis perseguidores; sin ellos, jamás hubiera encontrado ni conocido los tesoros que llevaba en mí mismo. ¿Cómo mantener, en medio de tanta riqueza, un registro fiel? Al querer acordarme de tantas dulces ensoñaciones, en vez de describirlas volvía a caer en ellas. Se trata de un estado al que conduce su remembranza, y que uno dejaría enseguida de conocer al dejar completamente de sentirlo.
Comprobé bien este efecto en los paseos que siguieron al proyecto de escribir la continuación de mis Confesiones, sobre todo en éste de que voy a hablar, en el que un imprevisto accidente vino a romper el hilo de mis ideas y a darles, durante algún tiempo, otro curso. El jueves 24 de octubre de 1776, tras almorzar, me encaminé por los bulevares hasta la calle de Chemin-Vert, por la que llegué hasta los altores de Ménilmontant, y desde allí hasta Charonne, tomando los senderos a través de las viñas y los prados, atravesé el risueño paisaje que separa estos dos pueblecitos, después di un rodeo tomando otro camino para volver por los mismos prados. Me divertía recorriéndolos con el placer y el interés que siempre me han procurado los parajes agradables y parándome algunas veces a mirar plantas entre el verdor. Descubrí dos que bastante raramente veía alrededor de París y que encontré muy abundantemente en aquel cantón. Una es el Picris hieracíoïdes, de la familia de las compuestas, y la otra el Buplevrum falcatum, de las umbelíferas. El descubrimiento me alegró y me entretuvo larguísimo tiempo y acabó con el de una planta aún más rara, sobre todo en un país elevado, cual es el Cerastium aquatícum, que, a pesar del accidente que tuve ese mismo día, he vuelto a encontrar en un libro que llevaba y la he colocado en mi herbario.

Página 8 de 97
 

Paginas:
Grupo de Paginas:       

Compartir:




Diccionario: