Sueños de un paseante solitario (Jean Jacques Rousseau) Libros Clásicos

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Es raro y difícil que se pueda tener esta certeza; también es difícil y raro que una mentira sea perfectamente inocente. Mentir para ventaja propia es impostura; mentir para ventaja ajena es fraude, mentir para menoscabar es calumnia; ésta es la peor clase de mentira. Mentir sin provecho y sin menoscabo propio ni ajeno no es mentir: no es mentira, es ficción.
Las ficciones que tienen un objeto moral se llaman apólogos o fábulas, y como su objeto no es o no debe ser otro que el de envolver verdades útiles en formas sensibles y agradables,
Librodo

no se pretende en semejante caso esconder la mentira, en tanto que no es sino el atuendo de la realidad, y quien refiere una fábula por la fábula misma de ninguna manera miente.
Hay otras ficciones puramente ociosas, cuales la mayoría de los cuentos y de las novelas que, sin encerrar ninguna enseñanza verdadera, tan sólo tienen por objeto el entretenimiento. Despojadas de toda utilidad moral, éstas no pueden valorarse sino por la intención de quien las inventa, y cuando éste las refiere con afirmación como verdades reales, apenas se puede disentir de que son auténticas mentiras. Sin embargo, ¿quién ha sentido alguna vez un gran escrúpulo por tales mentiras y quién ha hecho alguna vez un grave reproche a los que las cometen? Si algún objeto moral tiene, por ejemplo, El templo de Cnido, tal objeto está por demás ofuscado y tergiversado por los detalles voluptuosos y las imágenes lascivas. ¿Qué ha hecho el autor para cubrirlo con un barniz de decoro? Ha fingido que su obra era la traducción de un manuscrito griego, y ha construido la historia del descubrimiento de este manuscrito del modo más propio para persuadir a sus lectores de la veracidad de su relato. Si eso no es una mentira bien positiva, que se me diga entonces lo que es mentir. Sin embargo, ¿a quién se le ha ocurrido criminar al autor por esta mentira y tratarle, por ello, de impostor?
Se dirá en vano que no es más que una broma, que, aunque afirmara, el autor no quería persuadir a nadie, que, efectivamente, a nadie ha persuadido, y que el público no ha dudado ni por un momento que fuera él mismo el autor de la obra presuntamente griega de la que se hacía pasar por traductor. Responderé que semejante broma sin objeto alguno no hubiera sido más que un tontísimo infantilismo, que un mentiroso no miente menos cuando afirma aunque no persuada, que del público instruido hay que separar multitudes de lectores simples y crédulos a quienes la historia del manuscrito, narrada por un autor grave con un aire de buena fe, se ha impuesto realmente, y que han bebido sin recelo en una copa de forma antigua el veneno del que por lo menos habrían desconfiado si se les hubiera presentado en un vaso moderno.

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