Sueños de un paseante solitario (Jean Jacques Rousseau) Libros Clásicos

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Fuera de ahí, según él, cualquier mentira no lo es. Si El templo de Cnidoes una obra útil, la historia del manuscrito griego sólo es una ficción muy inocente; es una mentira muy punible si la obra es peligrosa.
Tales fueron mis reglas de conciencia sobre la mentira y sobre la verdad. Mi corazón seguía maquinalmente estas reglas antes de que mi razón las hubiera adoptado, y el instinto moral hizo su aplicación solo. La criminal mentira de que fue víctima la pobre Marion me ha dejado imborrables remordimientos que me han preservado para el resto de mi vida no sólo de toda mentira de esta especie, sino de todas aquéllas que, de cualquier forma que fuere, podían afectar al interés y a la reputación de otro. Al generalizar de este modo la exclusión me he dispensado de pesar exactamente la ventaja y el menoscabo y de señalar los límites precisos de la mentira perjudicial y de la mentira oficiosa; al considerar a una y otra culpables, me he prohibido ambas.
En esto, como en todo lo demás, mi temperamento ha incluido mucho sobre mis máximas,
o mejor, sobre mis hábitos; porque casi no he actuado con reglas o casi no he seguido otras reglas en cualquier cosa que los impulsos de mi natural. Nunca mentira premeditada rondó mi pensamiento, nunca he mentido por mi interés; mas con frecuencia he mentido por vergüenza, para salir de un apuro en cosas indiferentes o que a lo más me interesaban a mí
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solo, cuando teniendo que mantener una entrevista, la lentitud de mis ideas y la aridez de mi conversación me obligaban a recurrir a las ficciones para tener algo que decir. Cuando hay que hablar necesariamente y no se me ocurren lo bastante pronto verdades entretenidas, voy refiriendo historias para no permanecer mudo; pero en la invención de estas fábulas pongo tanto cuidado como puedo en que no sean mentiras, es decir, que no vulneren ni la justicia ni la verdad debida y que no sean sino ficciones indiferentes para todo el mundo y para mí. Mi deseo sería entonces sustituir al menos la verdad de los hechos por una verdad moral; o sea: representar bien los efectos naturales del corazón humano y deducir siempre una enseñanza útil, hacer, en una palabra, cuentos morales, apólogos; pero se precisaría más presencia de ánimo de la que yo tengo y más facilidad de palabra para saber aprovechar en pro de la instrucción la facundia de la conversación.

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