Sueños de un paseante solitario (Jean Jacques Rousseau) Libros Clásicos

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Si bien hay menos cultivo de campos y viñas, menos ciudades y casas, también hay más verdor natural, más praderas, más rincones de umbría floresta, contrastes más frecuentes y accidentes más próximos. Como quiera que no hay en sus dichosas orillas grandes rutas cómodas para los coches, el país es poco frecuentado por los viajeros; más ¡cuán interesante para contemplativos solitarios que gustan de embriagarse a placer con los encantos de la
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naturaleza, y de recogerse en un silencio que ningún otro ruido turba más que el chillido de las águilas, el gorjeo entrecortado de algunos pájaros y el estrépito de los torrentes que caen de la montaña! Este hermoso estanque casi redondo encierra en su centro dos islitas, una habitada y cultivada, de una media legua de contorno; la otra más pequeña, desierta y yerma, que acabará siendo destruida por los transportes de la tierra que le van quitando incesantemente para reparar los estragos causados por las olas y las tormentas en la mayor. Así es como la sustancia del débil se emplea siempre en provecho del poderoso.
En la isla no hay más que una sola casa, pero grande, agradable y cómoda, que pertenece, lo mismo que la isla, al hospital de Berna, y en la que se aloja un recaudador con su familia y sus criados. Allí mantiene un nutrido corral, una pajarera y viveros de peces. En su pequeñez, la isla es tan variada en terrenos y aspectos que ofrece toda suerte de parajes y permite toda suerte de cultivos. Hállanse labrantíos, viñas, bosques, huertos, feraces pastizales sombreados por bosquecillos y orlados de arbustos de toda especie cuyo frescor mantiene la orilla de las aguas; bordea la isla en su longitud un terrado alto sembrado de dos hileras de árboles y en medio de este terrado han construido un bonito pabellón donde se reúnen y vienen a bailar los habitantes de las vecinas riberas los domingos durante las vendimias.
En esta isla fue donde me refugié tras la lapidación de Mótiers. Encontré la estancia tan encantadora, llevaba una vida tan conveniente a mi humor que, decidido a acabar allí mis días, no tenía otra inquietud que la de que no se me dejara ejecutar este proyecto que no se ajustaba con el de llevarme a Inglaterra, cuyos efectos ya iba notando. En medio de los presentimientos que me inquietaban, hubiera querido que se me hubiera hecho de aquel refugio una prisión perpetua, que se me hubiera confinado allí para toda la vida y que, privándome de todo poder y de toda esperanza de salir, se me hubiera prohibido toda especie de comunicación con la tierra firme de suerte que, ignorante de cuanto se hacía en el mundo, hubiere ya olvidado su existencia y se hubiese olvidado también la mía.

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