Sueños de un paseante solitario (Jean Jacques Rousseau) Libros Clásicos

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He observado en las vicisitudes de una larga vida que las épocas de los más dulces goces y de los placeres más vivos no son, sin embargo, aquéllas cuya remembranza me atrae y me afecta más. Esos cortos momentos de delirio y de pasión, por vivos que puedan ser, no son, sin embargo, y por su misma vivacidad, sino puntos muy esparcidos por la línea de la vida. Son demasiado raros y demasiado rápidos como para constituir un estado, y la dicha que mi corazón añora no se compone de instantes fugitivos sino de un estado simple y permanente, que nada tiene de vivo en sí mismo, pero cuya duración acrecienta el encanto hasta el punto de encontrar por fin en él la suprema felicidad.
Librodo

Todo en la tierra está en un continuo flujo: nada conserva una forma constante y quieta, y los afectos nuestros, que se vinculan a las cosas exteriores, pasan y cambian necesariamente como ellas. Siempre delante o detrás de nosotros, recuerdan el pasado que ya no es o previenen el porvenir que por lo común no será: no hay ahí nada sólido a lo que el corazón pueda agarrarse. Igualmente apenas se tiene aquí abajo más que el placer que pasa; en cuanto a la dicha que dura, dudo que sea conocida. Difícilmente hay un instante en nuestros más vivos goces en el que el corazón pueda verdaderamente decirnos: «Quisiera que este instante durara siempre; ¿cómo entonces puede denominarse dicha a un estado fugitivo que nos deja además el corazón inquieto y vacío, que nos hace añorar algo de atrás o aun desear algo de más adelante?
Pero si hay un estado en el que el alma encuentra un acomodo lo bastante sólido como para descansar en él por entero y congregar todo su ser, sin tener necesidad de recordar el pasado ni exceder del porvenir; donde el tiempo no exista para ella, donde el presente dure siempre sin señalar, no obstante, su duración y si huella alguna de secuencia, sin ninguno otro sentimiento de privación o de goce, de placer o de dolor, de deseo o de temor que el de nuestra existencia, y que este sentimiento único pueda colmarla por entero; en tanto dura tal estado, quien se encuentre en él puede llamarse dichoso, no de una dicha imperfecta, pobre y relativa, tal cual se halla en los placeres de la vida, sino de una dicha suficiente, perfecta y plena que no deja en el alma ningún vacío que ésta sienta la necesidad de llenar.

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