Sueños de un paseante solitario (Jean Jacques Rousseau) Libros Clásicos

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Un silencio absoluto conduce a la tristeza. Ofrece una imagen de la muerte. Se hace necesario entonces el auxilio de una imaginación risueña, y se presenta con bastante naturalidad en aquéllos a
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quienes el cielo ha agraciado. El movimiento que no viene de fuera se opera a la sazón en nuestros adentros. El reposo es menor, cierto, pero también es más agradable cuando livianas y dulces ideas, sin agitar lo hondo del alma, no hacen por así decir sino rozar su superficie. Con muy poco basta para acordarse de sí mismo olvidando todos los males. Esta especie de ensoñación puede sentirse allá donde puede estarse tranquilo, y a menudo he pensado que en la Bastilla, e incluso en una mazmorra en la que ningún objeto hubiere saltado a mi vista, habría podido soñar aún agradablemente.
Pero he de confesar que esto se hacía bastante mejor y más agradablemente en una isla fértil y solitaria, naturalmente circunscrita y separada del resto del mundo, donde todo me ofertaba sólo imágenes risueñas, donde nada me evocaba remembranzas entristecedoras, donde la sociedad del pequeño número de habitantes era comunicativa y dulce sin ser interesante hasta el punto de que me ocupara incesantemente, donde podía por fin entregarme sin obstáculo y sin cuidado a las ocupaciones de mi gusto o a la más laxa ociosidad. La ocasión era sin duda hermosa para un soñador que, sabiendo nutrirse de agradables quimeras en medio de los objetos más ingratos, podía saciarse a su capricho haciendo concurrir todo lo que atraía realmente a sus sentidos. Cuando salía de una larga y dulce ensoñación, al verme rodeado de verdor, de flores, de pájaros, y dejar que mis ojos vagaran a lo lejos por las pintorescas riberas que bordeaban una vasta extensión de agua clara y cristalina, asimilaba todos aquellos amables objetos a mis ficciones; y al hallarme, por fin, progresivamente devuelto a mí mismo y a cuanto me rodeaba, no podía indicar el punto de separación entre las ficciones y las realidades; tanto contribuía todo igualmente a hacerme querida la vida recogida y solitaria que llevaba en aquella hermosa morada. ¿Que ya no puede renacer? ¿Que ya no puedo ir a acabar mis días en aquella isla querida para no volver a salir jamás de allí, para no volver a ver jamás a ningún habitante del continente que me evocare el recuerdo de las calamidades de toda especie que se complacen en acopiar sobre mí desde hace tantos años? Pronto serían olvidados para siempre: probablemente ellos no me olvidarían del mismo modo, pero ¿qué me importaría con tal de que no tuvieran acceso alguno para que vinieran a turbar mi reposo? Liberado de todas las pasiones terrenas que engendra el tumulto de la vida social, mi alma se elevaría frecuentemente por encima de esta atmósfera, y comerciaría por anticipado con las inteligencias celestes cuyo número espera ir a aumentar dentro de poco.

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