Sueños de un paseante solitario (Jean Jacques Rousseau) Libros Clásicos

Página 51 de 97

Los hombres se guardarán, lo sé, de devolverme tan dulce asilo en el que no han querido dejarme. Pero no me impedirán al menos que me transporte cada día allí en las alas de la imaginación, y que sienta durante unas horas el mismo placer que si lo habitara todavía. Lo más dulce que haría sería soñar a capricho. ¿No hago lo mismo al soñar que estoy allí? Incluso hago más; al aliciente de una ensoñación abstracta y monótona añado imágenes encantadoras que la vivifican. Sus objetos escapaban con frecuencia a mis sentidos en mis éxtasis, y ahora cuanto más profunda es mi ensoñación, más vivamente me los pinta. Estoy más a menudo en medio de ellos y más agradablemente aún que cuando realmente estaba allí. La lástima es que a medida que la imaginación se entibia, esto ocurre con más esfuerzo y no dura tan largo tiempo. ¡Ay, cuando se empiezan a dejar los despojos, es cuando más ofuscado se está!
SEXTO PASE

Apenas tenemos movimiento maquinal cuya causa no podamos encontrar en nuestro corazón si sabemos buscarla bien. Ayer, al pasar por el nuevo bulevar para ir a herborizar a lo
Librodo

largo del Biévre, del lado de Gentilly, rodeé por la derecha, aproximándome a la Barriére d´ Enfer y alejándome hacia el campo, fui por la carretera de Fontainebleau hasta ganar los altores que bordean este riachuelo. La caminata era en sí misma totalmente indiferente, pero al acordarme que había tomado varias veces maquinalmente el mismo desvío, busqué en mí mismo la causa y no pude menos que reír cuando conseguí desenmarañarla.
En una esquina del bulevar, a la salida de la Barriére d´Enfer, se instala diariamente en verano una mujer que vende fruta, tisana y panecillos. La mujer tiene un mozuelo atentísimo pero cojo que, renqueando con sus muletas, se dedica con bastante buen gracejo a pedir limosna a los que pasan. Yo había trabado una suerte de conocimiento con este pobre infeliz; cada vez que pasaba no dejaba de venir a hacerme su pequeño cumplido seguido siempre de mi pequeña dádiva. Las primeras veces estuve encantado de verle, le daba de muy buen grado y continué haciéndolo algún tiempo con el mismo placer, añadiéndole incluso las más de las veces el de excitar y escuchar su palique que parecíame agradable. Convertido gradualmente este placer en costumbre, acabó transformado, no sé como, en una especie de deber cuyo malestar sentí bien pronto, sobre todo a causa de la arenga preliminar que había de escuchar, y en la que nunca dejaba de llamarme frecuentemente señor Rousseau para demostrar que conocía bien, lo cual me indicaba asaz, por el contrario, que no me conocía más que quienes le habían instruido.

Página 51 de 97
 



Grupo de Paginas:       

Compartir:




Diccionario: