Las confesiones (Jean Jacques Rousseau) Libros Clásicos

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Si aquella amable mujer no se dedicó a las minuciosas prácticas de devoción, que parecían convenir a una nueva convertida que vivía bajo la dirección de un prelado, no fué seguramente por falta de celo. Cualquiera que fuese el motivo que la indujo a cambiar de religión, fué sincera en la que había abrazado. Pudo haberse arrepentido de la falta cometida, pero no deseaba volver atrás; no solamente murió siendo buena católica, sino que vivió como tal, de buena fe, y yo, que creo haber leído en el fondo de su corazón, me atrevo a afirmar que si no se las echaba de devota en público era únicamente por aversión a las gazmoñerías. Poseía una piedad harto sólida para afectar devoción. Pero no es éste el momento oportuno para extenderme sobre sus principios; sobrarán ocasiones para tratar de ellos.
Expliquen, si pueden, los que niegan la existencia de las simpatías entre dos almas, cómo desde la primera entrevista, desde la primera palabra, desde la primera mirada, no sólo me inspiró la señora de Warens un vivo afecto sino también una confianza completa que jamás se ha desmentido. Supongamos que mi afección por ella fuese verdadero amor, cosa que parecerá por lo menos dudosa a cualquiera que examine nuestras relaciones, ¿cómo pudo esta pasión ir, desde el primer instante, acompañada de los sentimientos que menos le convienen: la paz del corazón, la calma, la serenidad, la confianza, la seguridad? ¿Cómo, hallando por vez primera una mujer amable, fina, seductora, una señora de rango superior al mío, que no había conocido igual, de quien en parte dependía mi suerte según el mayor o menor interés que por mí tomase; cómo, digo con todo esto me encontré desde luego tan libre, tan tranquilo cual si hubiese estado segurísimo de caerle en gracia? ¿Cómo no tuve un momento de embarazo, de timidez, de turbación? Naturalmente vergonzoso, retraído, sin conocer el mundo, ¿cómo, tratando con ella, hallé desde el primer día, desde el primer instante, las maneras fáciles, el lenguaje afectuoso, el tono familiar que tenía diez años después cuando la intimidad entre nosotros o izo natural? ¿Puede tenerse amor, no digo sin deseo, porque yo lo tuve, pero sin inquietudes, sin celos? ¿No se quiere saber a lo menos si es uno correspondido del objeto amado? Es una pregunta que en la vida se me ocurrió hacerle ni una sola vez, como preguntarme a mí mismo si yo me amaba; y ella tampoco se mostró nunca más curiosa conmigo.

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