Las confesiones (Jean Jacques Rousseau) Libros Clásicos

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Muchos se manifestaron prendados de este proyecto, pero en el fondo lo consideraban como un castillo en el aire, cosa que se proyecta en la conversación, pero que nadie tiene el designio de llevar a cabo. Recuerdo que, hablando apasionadamente de este proyecto con Diderot y Grimm, logré que desearan hacerlo. Esta vez ya creí la cosa resuelta; pero todo se redujo a querer hacer un viaje por escrito, en el cual Grimm nada hallaba tan gracioso como hacer cometer muchas impiedades a Diderot y hacerme meter a mi en la Inquisición en lugar suyo.
El disgusto que me causó llegar tan pronto a Turín fué templado por el placer de visitar una gran ciudad y la esperanza de desempeñar en ella un papel digno de mí, porque ya los humos de la ambición se me subían a la cabeza; ya me juzgaba infinitamente por encima de mi antigua posición de aprendiz; ¡cuán lejos estaba de prever que dentro de poco iba a estar muy por debajo!
Antes de continuar debo dar al lector una excusa o, mejor dicho, justificar todos los pequeños detalles que acabo de enumerar y los que todavía relataré en adelante, y que a él poco le interesan. En la empresa a que me he lanzado de mostrarme enteramente al público, es preciso que no quede oscuro u oculto nada mío; es necesario que me ofrezca constantemente a sus ojos, que me siga en todas las vicisitudes de mi corazón, en todos los rincones de mi vida; que ni un solo instante me pierda de vista, temeroso de que, hallando en mi relato la menor laguna, el menor vacío, y preguntándose: ¿qué hizo en este tiempo?, Me acuse de no haber querido decirlo todo. Ya doy bastante materia de crítica a la malignidad de los hombres con lo que refiero, para darle más aun con mi silencio.
Había desaparecido mi reducido peculio; charlé demasiado y mis guías no echaron la indiscreción en saco roto. La señora de Sabran encontró medio de arrancarme hasta una cinta guarnecida de plata que la señora de Warens me había dado para la espada; esta pérdida me dolía más que todo lo demás, y la misma espada hubiera quedado en sus garras si me hubiese resistido menos. Habían pagado fielmente mis gastos durante el camino, pero no me dejaron nada, y llegué a Turín sin vestidos, sin dinero, sin ropa blanca, quedándome enteramente el honor de la fortuna que iba a hacer por cuenta de mi solo mérito.

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