Las confesiones (Jean Jacques Rousseau) Libros Clásicos

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Cuando no soplaba el viento, iba a menudo, inmediatamente después de levantarme de la mesa, a meterme solo en una barquilla, que el recaudador me había enseñado a guiar con un solo remo, y me engolfaba en medio del agua. El momento en que me apartaba de la orilla me causaba una satisfacción que llegaba a estremecerme, cuya causa me es imposible decir ni comprender bien, si no es quizá un secreto placer de yerme así fuera del alcance de cualquier malvado. Luego vagaba solo por este lago, acercándome a veces a las riberas, sin abordar jamás. A menudo, dejando mi lancha a merced del viento y del agua, me abandonaba a meditaciones sin objeto, que, no por ser estúpidas, eran menos gratas. A veces exclamaba con ternura: ¡"Oh Naturaleza; oh madre mía! Heme aquí bajo tu sola custodia; aquí no hay ningún hombre sagaz y trapacero que se interponga entre tú y yo". Así me alejaba hasta media legua de la tierra y hubiera querido que aquel lago fuese el Océano. No obstante, para complacer a mi pobre perro, a quien no le gustaba tanto como a mí tan larga permanencia en el agua, seguía ordinariamente un rumbo determinado, y consistía en ir a desembarcar en el islote, pasearme por él una o dos horas, o tenderme sobre el césped en la cima del montecillo, para embriagarme con el placer de admirar aquel lago o su contorno, para examinar y analizar todas las hierbas que se hallaban a mi alcance, y para forjarme, como otro Robinson, una vivienda imaginaria en esta pequeña isla; así llegué a aficionarme vivamente a este cerrillo. ¡Cuán ufano me sentía siendo piloto y guía cuando podía llevar a paseo conmigo a Teresa con la recaudadora y sus hermanas! Allí condujimos con toda pompa conejos para poblana, y he aquí otro motivo de fiesta para Juan Jacobo. Esta colonización me hizo aun más interesante el islote, adonde iba desde entonces más a menudo y con mayor placer para ver los progresos de sus habitantes.
A estas diversiones agregaba una que me traía a la memoria la dulce vida de las Charmettes y a que la estación me brindaba particularmente. Consistía en el detalle de los cuidados rústicos para la recolección de las legumbres y de las frutas, que Teresa y yo teníamos un placer en compartir con la recaudadora y su familia. Recuerdo que, habiendo venido a verme un bernés llamado señor Kirchberger, me halló encaramado en un gran árbol, con un saco atado alrededor de la cintura, y ya tan lleno de manzanas que no podía moverme.

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