Las confesiones (Jean Jacques Rousseau) Libros Clásicos

Página 601 de 612

No me disgustó esta sorpresa y otras parecidas, pues esperaba que los berneses, testigos del empleo de mis ocios, no tratarían ya de turbar su sosiego, y me dejarían en paz con mi soledad. Hubiera preferido yerme confinado por su voluntad a serlo por la mía propia, porque así hubiera estado más seguro de no ver turbado mi reposo.
He aquí otra confesión respecto de la cual cuento de antemano con la incredulidad de mis lectores, obstinados siempre en juzgarme por sí mismos, aunque en todo el curso de mi vida se hayan visto forzados a ver mil afecciones internas muy distintas de las suyas. Lo más extraño es que, negándome todos los sentimientos buenos o indiferentes de que carecen, ~e hallan siempre dispuestos a suponérmelos tan malos, que ni siquiera pueden existir en corazón humano; entonces hallan muy sencillo ponerme en abierta contradicción con la Naturaleza, y hacer de mí un monstruo tal que hasta sea imposible..
Nada les parece increíble, por absurdo que sea, como tienda a denigrarme; nada extraordinario les parece posible desde el momento en que tiende a honrarme.
Mas, crean o digan lo que quieran, no por ello dejaré de exponer fielmente lo que fué, hizo y pensó Juan Jacobo Rousseau, sin explicar ni justificar las singularidades de sus sentimientos y de sus ideas, ni averiguar si otros han pensado como él. Tanto me aficioné a la isla de San Pedro, y la mansión en ella me era tan grata, que, a fuerza de circunscribir todos mis deseos a esta isla, concebí el de no salir más de ella. Las visitas que había de devolver a los vecinos, las excursiones que hubiera debido hacer a Neufchátel, a Bienne, a Iverdun, a Nídau, fatigaban ya mi imaginación. Tener que pasar un día fuera de la isla me parecía arrebatado a mi felicidad; y salir del recinto de este lago era para mí salir de mi elemento. Por otra parte, la experiencia de lo pasado me había hecho temeroso: bastaba que halagase mi corazón alguna ventura, para que hubiese de esperar su pérdida; y el vivo deseo de acabar mis días en esta isla era inseparable del temor de yerme forzado a salir de ella. Había contraído el hábito de ir por la tarde a sentarme sobre la arena de la orilla, sobre todo cuando el lago estaba agitado. Experimentaba un goce singular viendo quebrarse las ondas a mis pies.

Página 601 de 612
 



Grupo de Paginas:                             

Compartir:




Diccionario: