Discurso sobre economía política (Jean Jacques Rousseau) Libros Clásicos

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8 Formad pues a hombres si queréis mandar a hombres y si pretendéis que las leyes sean obedecidas, haced leyes que puedan ser amadas, de forma que para cumplir lo debido baste con pensar que debe hacerse. Este era el gran arte de los antiguos gobiernos en aquellos tiempos pretéritos en que los filósofos daban leyes al pueblo y sólo usaban su autoridad para hacerlo sabio y afortunado, admitiendo o rechazando con sumo cuidado muchas leyes suntuarias, reglamentos de costumbres y máximas públicas. Ni siquiera los tiranos olvidaban tan importante faceta de la administración, de suerte que, mientras los magistrados cuidaban de corregir las costumbres de sus ciudadanos, con igual celo se aplicaban ellos a corromper las de sus esclavos. Mas nuestros gobiernos modernos, que creen haberlo hecho todo cuando obtienen riqueza, ni ca-paces son de imaginar que es preciso o posible llegar a tales metas.
Foucault: Omnes et Singulatim (...). En otra variante, puede verse el uso que el filósofo francés Jacque
Ranciere hace del término en su libro El Desacuerdo
7 Este argumento tiene una fuerte afinidad con la teoría del poder de "prerrogativa" del poder ejecutivo, enunciad
por John Locke en el capitulo XIV de su Segundo Ensayo del Gobierna Civil (1690)
8 Este argumento tiene cierta afinidad con otro expuesto por Baruj Spinoza en el libro V de su Tratado Político (1677
póstumo)

8

I

Segunda regla esencial de la economía pública, no menos importante que la primera: ¿queréis que se cumpla la voluntad general?, haced que todas las voluntades particulares a ella se orienten; y, como la virtud no es otra cosa que la conformidad de la voluntad particular a la general, lo mismo da decir solamente: haced que reine la virtud.
Si los políticos estuviesen menos cegados por su ambición, verían en qué medida es imposible que cualquier ordenamiento pueda marchar según el espíritu de su institución si no es dirigido por la ley del deber; sabrían que el mayor recurso de la autoridad pública se en­cuentra en el corazón de los ciudadanos y que cuando se quiere mantener el gobierno nada puede suplantar a las costumbres. Mas que gentes de bien que sepan administrar las leyes, hay, en el fondo, gentes honestas que saben obedecerlas.9 Quien desafía a los remordimientos, no tarda en desafiar a los suplicios, castigo menos riguroso, menos continuo y del que, al menos, cabe la esperanza de escapar.

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