Discurso sobre economía política (Jean Jacques Rousseau) Libros Clásicos

Página 13 de 38

Y por muchas precauciones que se tomen, a quien sólo le espera la impunidad por su mala acción, siempre encuentra medios para eludir la ley o para librarse de la pena. Cuando todos los intereses particulares se reúnen en contra del interés general, que no es el de la persona, los vicios públicos tienen más fuerza para debilitar las leyes que la que tienen éstas para reprimir los vicios, de modo que, al final, la corrupción del pueblo y de los jefes alcanza al gobierno, por muy sabio que éste sea: el peor de todos los abusos consiste en obedecer las leyes en apariencia para poder infringirlas de hecho con mayor seguridad. Poco tiempo tardan entonces las mejores leyes en convertirse en las más funestas, y en ese caso valdrá cien veces más que no existieran; serían el último recurso al que acudir. Vanamente se promulga, en tal situación, edicto tras edicto y reglamen­to tras reglamento; ello sólo sirve para añadir nuevos abusos, sin haber corregido los primeros. Cuanto más multipliquéis las leyes, tanto más las haréis despreciables y todos los vigilantes que instituyáis no serán más que nuevos infractores destinados a repartirse el pillaje con los antiguos o hacerse con el suyo propio. Así, el precio de la virtud pasa a ser el del bandidaje: los hombres más viles son los más acreditados y cuanto más grandes son, más desprecio merecen; la infamia estalla en su dignidad y los honores los deshonran; compran el sufragio de los jefes o la protección de las mujeres y venden la justicia, el deber y el Estado; y el pueblo, que no advierte que sus propios vicios son la causa primera de sus desgracias, murmura y clama gimiendo: "Todos mis males vienen de esos a quienes pago para que de ellos me guarden".
Es entonces cuando los jefes se ven forzados a sustituir la voz del deber, que ha dejado de hablar en los corazones, por el grito del terror o el señuelo de un interés aparente con el que engañan a sus criaturas, y cuando hay que recurrir a todas las pequeñas y miserables astucias que ellos llaman máximas de Estado y misterios de gabinete. Los miembros del gobierno emplean entonces todo el vigor que aún les queda en perjudicarse y suplantarse entre sí mientras se abandonan los asuntos o se resuelven sólo cuando el interés personal lo demanda y de la manera que éste aconseja.

Página 13 de 38
 

Paginas:


Compartir:




Diccionario: