Discurso sobre economía política (Jean Jacques Rousseau) Libros Clásicos

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Nada diré acerca de los magistrados destinados a presidir esta educación que constituye sin duda el asunto más importante del Estado. Sabido es que si se acordasen ligeramente semejantes señales de confianza pública y si esa sublime función no supusiese para aquellos que hubiesen cumplido dignamente con el resto de sus funciones, el precio de su trabajo, el honorable y dulce reposo en su vejez y la culminación de todos los honores, entonces toda la empresa sería inútil y la educación fracasaría, pues allí donde la lección no esté sostenida por la autoridad y el precepto por el ejemplo, la instrucción resulta infructuosa y la misma virtud pierde su crédito cuando está en boca de quien no la practica. Pero cuántos ilustres guerreros agobiados bajo el peso de los laureles predican el valor; cuántos magistrados íntegros, dignificados con púrpura, enseñan la justicia en los tribunales; unos y otros formarán así virtuosos sucesores y transmitirán de edad en edad, a las siguientes generaciones, la experiencia y el talento de los jefes, el ánimo y la virtud de los ciudadanos y la emulación, común a todos, para vivir y morir por la patria.
Sólo conozco tres pueblos que en otros tiempos hayan practicado la educación pública, a saber: los cretenses, los lacedemonios y los antiguos persas. En todos ellos tuvo gran éxito y en los dos últimos obró grandes prodigios. Cuando el mundo quedó dividido en naciones demasiado grandes para poder ser gobernadas, la educación pública dejó de ser practicable y otras razones que el lector puede apreciar fácilmente impidieron su ensayo en los pueblos modernos. Sorprende que los romanos pudiesen prescindir de la educación pública, pero lo cierto es que Roma fue durante quinientos años un continuo milagro que el mundo no puede volver a contemplar. La virtud de los romanos, engendrada por el horror a la tiranía y por un innato amor a la patria, hizo de todas las casas otras tantas escuelas de ciudadanos, y el poder ilimitado de los padres sobre los hijos proporcionó tal severidad a la vigilancia particular, que el padre, más temido que los magistrados, simbolizaba el tribunal doméstico, el censor de costumbres y el vengador de las leyes.
Es así como un gobierno atento y bienintencionado, que vele sin pausa por mantener o recordar al pueblo el amor a la patria y las buenas costumbres, previene a tiempo los males que, tarde o temprano, acarrea la indiferencia de los ciudadanos por la suerte de la república y mantiene dentro de estrechos limites ese interés personal que aísla de tal modo a los particulares que el Estado se debilita ante su potencia y nada puede esperar de la buena voluntad de aquéllos.

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