El príncipe (Nicolás Maquiavelo) Libros Clásicos

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Licenció el antiguo ejército y creó uno nuevo; dejó las amistades viejas y se hizo de otras; y asi, rodeado por soldados y amigos adictos, pudo construir sobre tales cimientos cuanto edificio quiso; y lo que tanto le habia costado adquirir, poco le cósto conservar.

Los que sólo por la suerte se convierten en príncipes poco esfuerzo necesitan para llegar a serlo, pero no se mantienen sino con muchisimo. Las dificultades no surgen en su camino, porque tales hombres vuelan, pero se presentan una vez instalados. Me refiero a los que compran un Estado o a los que lo obtienen como regalo, tal cual suce­dió a muchos en Grecia, en las ciudades de Jonia y del Helesponto, donde fueron hechos príncipes por Dario a fin de que le conservasen dichas ciudades para su seguridad y gloria; y como sucedió a muchos emperadores que llegaban al trono corrompiendo los soldados. Estos príncipes no se sostienen sino por la voluntad y la fortuna --cosas ambas mudables e inseguras-- de quienes los elevaron; y no saben ni pueden conserver aquella dignidad. No saben porque, si no son hombres de talento y virtudes superiores, no es presumible que conozean cl arte del mando, ya que han vivido siempre como simples ciudadanos; no pueden porque carecen de fuerzas que puedan serles adictas y fieles. Por otra parte, los Estados que nacen de pronto, como todas las cosas de la naturaleza que brotan y crecen precozmente, no pueden tener raices ni sostenes que los defiendan del tiempo adverso; salvo que quienes se han convertido en forma tan súibita en principes se pongan a la altura de lo que la fortuna ha depositado en sus manos, y sepan prepararse inmediatamente para conservarlo, y echen los cimientos que cualquier otro echa antes de llegar al principado.
Acerca de estos dos modos de llegar a ser principe --por méritos o por suerte--, quiero citar dos ejemplos que perduran en nuestra memoria: el de Francisco Sforza y cl de César Borgia. Francisco, con los inedios que correspondían y con un gran talento, de la nada se convirtió en duque de Milán, y conservó con poca fatiga lo que con mil afanes había conquistado.

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