El príncipe (Nicolás Maquiavelo) Libros Clásicos

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En nuestros tiempos, bajo el papa Alejandro VI, Oliverotto da Fermo, huérfano desde corta edad, fue educado por uno de sus tios maternos, llamado Juan Fogliani, y confiado después, en su primera juventud, a Pablo Vitelli, a fin de que llegase, gracias a sus ensceñanzas, a ocupar un grado elevado en las armas. Muerto Pablo, pasó a militar bajo Vitellozzo, su hermano., y en poco tiempo, como era inteligente y de espíritu y cuerpo gallardos, se convirtió en el primer hombre de su ejéreito. Pero como le pareció indigno servir a los demás, pensó apoderarse de Fermo con el consentimiento de Vitellozzo y la ayuda de algunos habitantes de la ciudad a quienes era más cara la esclavitud que la libertad de su patria. Escribió a Juan Fogliani diciéndole que, luego de tantos años de ausencia, deseaba ver de nuevo a su patria y a él, y, en parte, también conocer el estado de su patrimonio; y que, como no se había fatigado sino por conquistar gloria, quería, para demostrar a sus compatriotas que no habia perdido el tiempo, entrar con todos los honores y acompañado por cien caballeros, amigos y servidores suyos. Rogábale, pues, que tratase de que los ciudadanos de Fermo lo acogiesen de un modo honroso, que con ello no sólo lo hoitraba a él, sino que se honraba a sí mismo, ya que habia sido su maestro. No olvidó Juan ninguno de los honores debidos a su sobrino, y lo hizo recibir dignamente por los ciudadanos de Fermo, en cuyas casas se alojó con su comitiva. Transcurridos algunos dias, y preparado todo cuanto era necesario para su premeditado crimen, Oliverotto dio un banquete solemne al que invitó a Juan Fogliani y a los principales hombres de Ferno. Después de consumir los manjares y de concluir con los entretenimientos que son de use en tales ocasiones, Oliverotto, deliberadamente, hizo recaer la conversación, dando ciertos peligrosos argumentos, sobre la grandeza y los actos del papa Alejandro y de César, su hijo; y come a esos argumentos contestaron Juan y los otros, se levantó de pronto diciendo que convenéa hablar de semejantes temas en lugar más seguro, y se retiró a una habitación a la cual lo siguieron Juan y los demás ciudadanos.

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