El príncipe (Nicolás Maquiavelo) Libros Clásicos

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Tras ellos vinieron todos los que hasta nuestros tiempos han dirigido esas tropas. Y el resultado de su virtud lo hallamos en esto: que Italia fue recorrida libremente por Carlos, saqueada por Luis, violada por Fernando e insultada por los suizos. El. método que estos capitanes siguieron para adquirir reputación fue primero el de quitarle importancia a la infantería. Y lo hicieron porque, no poseyendo tierras y teniendo que vivir de su industria, con pocos infantes no pedían imponerse y les era impossible alimentar a muchos, mientras que, con un número reducido de jinetes, se veían honrados sin que fuese un problema el proveer a su sustentación. Las cosas habian llegado a tal extremo, que en un ejército de veinte mil hombres no había dos mil infantes. Por otra parte, se habían ingeniado para ahorrarse y ahorar a sus soldados la fatiga y el miedo con la consigna de no matar en las refriegas, sino tomar prisioneros, sin degollarlos. No asaltaban de noche las ciudades, ni los carnp esinos atacaban las tiendas; no levantaban empalizadas ni abrían fosos alrededor del campamento, ni vivían en él durante el invierno. Todas estas cosas, permitidas por sus códigos militares, las inventaron ellos, como he dicho, para evitarse fatigas y peligros. Y con ellas condujeron a Italia a la esclavitud y a la deshonra.

Capitulo XIII DE LOS SOLDADOS AUXILIARES, MIXTOS Y PROPIOS
Las tropas auxiliares, otras de las tropas inútiles de que he hablado, son aquellas que se piden a un principe poderoso para que nos socorra y defienda, tal como hizo en estos últimos tiempos el papa Julio, cuando, a raiz del pobre papel que le tocó representar con sus tropas mercenarias en la empresa de Ferrara, tuvo que acudir a las auxiliares y convenir con Fernando, rey de España, que éste iría en su ayuda con sus ejércitos. Estas tropas pueden ser útiles y buenas para sus amos, pero para quien las ]lama son casi siem­pre funestas; pues si pierden, queda derrotado, y si gana, se convierte en su prisionero. Y aunque las historias antiguas están llenas de estos ejemplos, quiero, sin embargo, de­tenerme en el caso reciente de Julio II, que no pudo haber cometido imprudencia mayor para conquistar a Ferrera que el entregarse por completo en manos de un extranjero.

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