El doncel de don Enrique (Mariano Jose de Larra) Libros Clásicos

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¡Orgulloso conde! ¿Quién sabe si de ella saldrá un día tu rutina? -y añadió en voz alta-: Si me concedes el permiso de callar, ilustre conde, y el de retirarme en el acto, el maestrazgo es tuyo.
¿-Mío? ¡Imbécil! Y si estoy siendo juguete de una ilusión y de una quimérica esperanza, juglar, si me haces perder momentos preciosos, ¿qué castigo te sujetas a sufrir?
-La caída de tu gracia, el sentimiento de no haberte podido servir; ¿te parece tan ligero? -contestó Ferrus con serenidad.
Este cumplimiento lisonjero del hipócrita desarmó enteramente al conde.
-Bien -dijo-, te doy permiso; una sola condición quiero imponerte: supuesto que nada me ocurre a mí propio que pueda ser de provecho en tan crítica circunstancia, quiero probar tu entendimiento. ¿Sabes empero lo que es la vida? ¿Sabes lo que es mi honor? Respeta la primera en la víctima y el segundo en tu amo; ¿te acomoda esta condición?
Una inclinación de cabeza manifestó el asentimiento del juglar.
-En buen hora; adiós -dijo el conde levantándose-. Ferrus, vida y honor; si infringes los tratados, tu sangre me responderá de tu malicia o de tu ignorancia y pagarás cara tu loca presunción; serás la primera víctima que podrá acusarme de haber borrado un ser de la lista de los vivientes.
Otra inclinación de cabeza, su elocuente silencio y la resolución con que Ferrus salió de la cámara, tranquilizaron algún tanto al inquieto Villena, si bien poco o nada esperaba de la inventiva del juglar.
Volvióse a su sillón después de la marcha del confidente, ora calculando qué esperanzas podía fundar en su jactancia y seguridad, ora queriendo adivinar los proyectos del loco, ora disponiéndose, en fin, a otra entrevista que debía tener aquella noche misma con un personaje nuevo, que en el siguiente capitulo daremos a conocer a nuestros lectores; entrevista que él creía antes que todo, y antes que el descanso de sus miembros fatigados, necesaria al buen éxito de sus ambiciosas intrigas.
CAPITULO QUINTO
De un ardiente amor vencido,
Dice: -De cuatro elementos
El fuego tengo en mi pecho,
El aire está en mis suspiros,

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