El doncel de don Enrique (Mariano Jose de Larra) Libros Clásicos

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-Señor -respondió Macías-, Hernando y yo no hemos cesado de correr desde Calatrava a Madrid y a nuestra salida del monasterio éramos los únicos que en la villa sabíamos el infausto acontecimiento; en dos días lo menos no se tendrá en Madrid más noticia que la que nosotros queramos esparcir.
-Ninguna. Dadme vuestra palabra.
-De caballero os la doy.
-Permitidme ahora que os pregunte si habéis sospechado cuál puede ser mi objeto.
-Lo ignoro -respondió Macías, asombrado de la pregunta.
-Sabedlo pues: creo no haberme equivocado cuando he pensado en vos para la ejecución de mis planes; el paso que, conociendo ya mi carácter, disteis en Calatrava, me hace pensar que habéis formado planes para vos mismo análogos acaso a los míos.
-Os juro que no tenía más plan que el de serviros.
-¡Doncel! -dijo sonriéndose don Enrique-, en vuestra edad es natural el rubor de confesar ciertas intenciones...
-No os entiendo...
-No importa; si nuestros intereses están unidos, y si os sentís con audacia para poner los medios que he menester, guardad silencio, tanto mejor. Oídme, que acaso mi confesión facilitará la vuestra. Intento ser maestre de Calatrava -añadió bajando la voz.
-¿Vos, señor?
-¿No lo habéis sospechado nunca? Pues bien, si don Enrique de Aragón es algún día maestre de Calatrava, el doncel Macías se llamará comendador. ¿Queréis ocupar otro puesto que os venga mejor?
-Y tanto, príncipe generoso -respondió Macías inclinando respetuosamente la cabeza y mirando con asombro al maestre futuro.
-Dejad esa inoportuna modestia; imagino que entrambos nos conocemos -dijo Villena apretando la mano del mancebo admirado-. ¿Estáis sorprendido?
-Permitid que me confiese asombrado. Los vínculos sagrados del himeneo os unen a una mujer, y no podéis ignorar que este es un obstáculo insuperable.
-Obstáculo sí; insuperable, ¿por qué? -exclamó don Enrique, apoyado en la seguridad del plan que acaba de inspirarle su juglar poco antes de venir a buscar al doncel, y que él había abrazado con tanta más confianza cuanto que su pérfido consejero había empleado para hacérselo adoptar los acostumbrados recursos que arriba dejamos indicados. Verdad es que el plan era diabólico, y tanto había admirado a don Enrique, que aquella había sido la primera vez que había llegado a dudar si efectivamente el espíritu enemigo del hombre tendría poder para sugerir ideas a sus fieles servidores.

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