El doncel de don Enrique (Mariano Jose de Larra) Libros Clásicos

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¡Sí, dices bien! Yo le hice risible. ¿Yo? ¿Yo pago de ese modo su cariño, su amor, su condescendencia? ¿En qué era, pues, risible? ¿En amarme? Saetas eran sus palabras para mí. ¿Por qué ha de ser risible, Jaime? Porque tiene una esposa infiel, que olvidada de su deber, ha dejado crecer en su pérfido corazón un amor odioso. ¿Y porque ella es ingrata, él es risible? ¡Dios mío! Confundidme. He aquí el premio que doy a su cuidado. Porque ha partido su lecho conmigo, porque me ha confiado su casa, porque me dio su corazón, porque quiso llamarme madre de sus hijos, ¿por eso le aborrezco? ¡Me horrorizo, Jaime! ¡Yo misma me doy horror! ¿Yo cubriré su nombre de ignominia; yo destinaré a eterno oprobio el nombre de mi marido, que es el mío? ¿Las gentes al mirarme le pronunciarán con befa y con maliciosa risa? ¡Dios mío, Dios mío! ¡Yo pierdo la cabeza! ¿y cómo amarle, sin embargo? ¿Es mío por ventura mi corazón? ¡Macías, me has perdido! Oye, Jaime, si le ves por acaso, dile que nunca, nunca torne a mi presencia. Que huya, que huya. Le adoro, sí, le adoro. Díselo tú también; pero que huya. ¡Qué delirio el mío! ¡Qué locura! ¡Mi voz se ahoga!
-Hermosa prima, Hernán Pérez vuelve. Serenaos.
-¡Vuelve, vuelve! ¡Ah! Evita su furor. Déjame a mi; muera yo sola; ¡yo su castigo merecí!
-¡Ah! No, no parto, si lloráis así.
-Parte. Sí, dices bien, no lloro ya -dijo con interrumpidos sollozos Elvira, enjugándose los ojos rápidamente, y empujando con una mano al paje-: Parte, que no te llegue a ver.
-¿Dónde está -gritó Hernán Pérez-, dónde el insolente que osa jugar con mi cólera y desafiarla?
-¡Adiós, Jaime! -dijo en voz baja Elvira-; corre... Teneos, Hernán Pérez... -añadió arrojándose al paso de su esposo.
-¡Oh! Decidme vos si no -gritó el hidalgo-, ¿hay en esto, señora, otro misterio? ¿Qué significan vuestras lágrimas, vuestros sollozos, vuestra confusión?...
-Jaime, señor, es inocente, inocente, nunca quiso jugar con vuestra cólera. Todos os amamos aquí y os respetamos, todos; pero... mirad... oíd...
-¡Elvira, Elvira! -exclamó con voz descompuesta el hidalgo, que comenzaba a sospechar vagamente.

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