El doncel de don Enrique (Mariano Jose de Larra) Libros Clásicos

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¿Será acaso alguna novedad en la salud del Rey que debamos sentir todos?
Al acabar el astrólogo estas palabras, dirigiéronse entrambos hacia la cámara de Su Alteza. Oíase desde ella un prolongado y confuso clamoreo, cuya causa no tardaron en adivinar. Su Alteza, rodeado ya de algunas de las primeras dignidades de Castilla, preguntaba a unos y a otros, y parecía haberse hallado largo rato en la misma duda que los personajes de nuestro último diálogo. Brillaba, sin embargo, en su semblante una alegría desusada en él y podíase conocer desde luego que más tenía de fausto que de infausto el suceso que producía en aquella ocasión tanto movimiento.
-Venid, ilustre conde, mi pariente, y vos, Abenzarsal, venid -dijo don Enrique el Doliente saliendo al paso contra su costumbre, con notable olvido de su propia dignidad, a los personajes que entraban en su cámara-. La Corona de Castilla tiene ya un heredero varón.
-Señor -dijeron a un tiempo Villena y el físico-, ¿es posible? ¿Ha llegado ya tan alegre nueva?
-Sí -dijo el Rey-; el enano que está de atalaya en la torre más alta del alcázar acaba de ver las ahumadas que tenía mandadas disponer para este caso, y los fieles habitantes de mi real villa de Madrid se han apresurado a felicitarme sobre tan feliz acontecimiento
Oíanse, en efecto, ya más distintamente los repetidos vivas con que de buena fe manifestaba el pueblo su entusiasmo al saber que había nacido un Rey, y que no podría faltarle ya en ningún caso quien le mandase.
Salió Su Alteza a una de las fenestras de su alcázar, como se llamaban entonces las ventanas en castellano, sin que se pudiera achacar eso a galicismo, pues no había entonces en la pobre villa de Madrid tantos traductores como en los tiempos que alcanzamos de dicha y de ilustración; salió a una de las fenestras, como dejamos dicho, y agradeció al pueblo con claras demostraciones y ademanes de contento y satisfacción su inocente entusiasmo.
Vuelto en seguida a Stúñiga, justicia mayor del reino:
-Diego López -le dijo Su Alteza-, dispondréis que mañana sea la última audiencia que dé en esta villa a los fieles habitantes de Madrid.

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