El doncel de don Enrique (Mariano Jose de Larra) Libros Clásicos

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Arrodillado a las plantas de Elvira, imprimía todavía en una de sus manos hermosas como el alabastro, sus trémulos labios; no lloraba ya Elvira, no derramaba una lágrima Macías. En las grandes situaciones de la vida no halla salida el llanto. La inmovilidad del mármol, el estupor de la postración, son los caracteres de las emociones sublimes. El silencio entonces es elocuente, porque no hay palabras en ninguna lengua ni sonidos en la Naturaleza que pinten el amor en su apogeo, que expliquen el dolor en toda su intensidad.
-¡Elvira! -dijo por fin Macías-. ¡Cuán desgraciados somos!
-Partid, partid -profirió con trabajo Elvira-. ¡No queráis, señor, que lo seamos aún más! Esta es la última vez que nos veremos.
-¡La última, sí, porque la muerte llega!
-¡Ah! No; no lo esperéis. Ya todo se ha concluido entre nosotros; ahora es cuando os lo digo, sabedlo; os he querido, señor, os he querido, como nadie volverá a querer. Salvadme ahora, después de esta confesión.
-¡Ah, lo decís por fin! Tiempo es aún... Decid que ahora me queréis y huyamos. Pero huyamos los dos.
-No es tiempo ya, no es tiempo. Sed generoso vos ahora; no apure el vaso yo del crimen y del deshonor. Nunca ya nos hablaremos, Macías...
-¿Nunca, señora?
-Desistid... ¡por Dios!
-Os juro que no desistiré.
-Ved que los asesinos se acercan acaso ahora... ¡Ah!, no me hagáis aborrecer la vida; no me obliguéis a maldeciros.
-Sí, maldíceme ahora... mas ¿qué rumor...?
-¡Ellos son, ellos son! -gritó Elvira, precipitándose hacia la puerta-. ¡Los traidores!
Oyóse efectivamente ruido de armas y personas al pie de la reja.
-¡La puerta está cerrada -gritó Elvira- y él sólo puede entrar!
-Dime que me amas -exclamó Macías-; decídete, en fin, señora, a participar de mi suerte; dime que siempre me amarás, y mi espada aún nos abrirá paso al través de los pérfidos asesinos.
-No, no, Macías; no muera deshonrada -gritó Elvira sin saber adónde refugiarse-. ¡Dios mío, compasión! ¡Dios mío! Salvaos solo, Macías.
-Contigo, Elvira.
-Jamás -repuso Elvira abrazándose a un alto crucifijo de plata que sobre una mesa lucía-.

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