El doncel de don Enrique (Mariano Jose de Larra) Libros Clásicos

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Conforme las iba el bribonazo del encantador seduciendo, íbalas encerrando en el castillo, y era todo su placer, cuando veía a una ya tan madura y encaprichada de él como juzgaba necesario, hacerla testigo de los enamorados motetes y de las apasionadas caricias que a otra fingía, usando después con ésta y con todas las sucesivas de igual odioso manejo. Mesábanse los cabellos las infelices y decíanse injurias y ternezas; pero el moro había aprendido tan bien de su Zelindaja, que hacía oídos de mercader, y no parecía sino que había nacido hembra y mora más bien que varón y moro. Todo lo más que solía decirlas cuando las veía presas en las redes de su pérfido amor era contestarlas como le había contestado a él Zelindaja:
-Mi honor -les decía- no lo consiente.
-Cede, bien mío -replicaban ellas.
-Imposible -reponía él con grave remilgamiento y afectado pudor y compostura-. ¡Mi honor es lo primero!
-¿Y los juramentos, ingrato, y las promesas, falso? -solían responderle.
-¿Yo juré nunca, prometí yo acaso? -añadía el moro haciendo el olvidadizo.
-¿Y los placeres que gozamos?
-¡Insolente, qué osadía! ¿Cuándo, en dónde?
-Ved que mi muerte, moro mío, será obra de tu rigor -acababan ellas.
-Podéis hacer lo que gustéis -concluía entonces el redomado moro cogiendo un abanico e imitando con él y con el desvío de sus ojos el antiguo sistema de su pérfida Zelindaja. Con lo cual tenía a las perdidas doncellas en un infierno perpetuo, muy parecido al que pasan voluntariamente en esta vida los incautos que dan en creerse de palabras y juramentos, de prendas, en fin, y de ternezas de moras pérfidas y veleidosas.
No había parado aquí el rencor del bribón del encantador. Efectivamente, incompleta hubiera sido su venganza si no hubiese caído en sus lazos la misma Zelindaja. Tuvo modo el mágico de engañar a una de sus doncellas, la cual le hizo beber, no se sabe a punto fijo con qué sutil arbitrio, una buena pieza del filtro ponzoñoso; no bien se le hubo echado a pechos Zelindaja, cuando sintió renovarse en sus venas el fuego antiguo en que había ardido por el moro; desde entonces no perdonó medio alguno de anudar de nuevo sus rotas relaciones.

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