El doncel de don Enrique (Mariano Jose de Larra) Libros Clásicos

Página 226 de 298

Una anchísima puerta, cuyo dintel presentaba al espectador la huella antigua y honda de la rueda, y un espacioso corral, mitad con cobertizo, mitad con el cielo por techo, hubieran indicado al caminante muy suficientemente que aquélla era la posada, o parador, o venta, o como se quiera, de la importante villa por donde transitaba, aun sin necesidad de reparar en un empolvado ramo que de una reja baja salía, inclinando sus secas y marchitadas hojas sobre el camino.
Entrábase dentro del tal ventorrillo, y siguiendo un callejón, en el cual servía la oscuridad de encubrir la poca limpieza, se llegaba a una cuadra, pasábase de ésta a otra peor que la primera, y de allí a la gloria, como suele comúnmente decirse, es decir, a la cocina, pieza principal de la casa. Un mal hogar, coronado de una alta y piramidal chimenea, era todo el mueblaje, si se exceptúan dos fementidas mesas, digámoslo así, que comparáramos de buena gana, en lo largas y estrechas, con el alma de un vizcaíno, si nosotros hubiéramos visto alguna; estaban clavadas y arraigadas casi ya en el suelo, como todas las cosas malas en el país. Dos bancos, remedos asaz perfectos en su inestabilidad de las cosas de esta vida, y que en lo poco firmes más que bancos parecían mujeres, tenían cogida en medio a cada mesa, y hacía cada mesa con sus dos bancos la misma figura precisamente que haría un galgo grande entre dos galgos chicos. La superficie de cada mesa era tan desigual como la superficie del mar en un día de tormenta; se tambaleaba, además, y cedía al menor impulso con la misma flexibilidad que un periódico ministerial del día. La construcción de los bancos era un tanto cuanto picaresca y maliciosa, porque cuando se sentaba una persona sola en una extremidad, levantábase la otra irritada de la presión, como si fuera a hablar con su huésped, y era preciso sujetar al rebelde si no quería dar consigo en tierra el recién sentado, cualidad en que parecía cada banco una balanza.
La llama del hogar, oscilante y tan indecisa como un Gobierno del justo medio, alumbraba a relámpagos los barbados rostros de unos cuantos arrieros y trajineros que secaban en la brasa sus húmedas alpargatas, o disponían su cena en ollas y sartenes, asaineteando su rústica conversación con más votos y por vidas que palabras.

Página 226 de 298
 


Grupo de Paginas:               

Compartir:




Diccionario: