El doncel de don Enrique (Mariano Jose de Larra) Libros Clásicos

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-¿Vos? -preguntó de nuevo el hostalero, soltando la carcajada-; aunque supierais más latín que todos los sacristanes juntos de Andalucía.
-Yo; apostemos -repuso Peransúrez, picado de la risa del amo y de sus frecuentes alusiones a su sacristanía de la Almudena.
-De buena gana -contestó Nuño.
-Una cántara de vino y media docena de embuchados de jabalí para todos los presentes -gritó Peransúrez dando una puñada en la mesa, que estuvo por ella largo rato a pique de zozobrar.
Al llegar aquí la conversación acalorada del montero Peransúrez, acercáronse todos los que en el hogar estaban.
-Señores, sean vuesas mercedes testigos -clamó Peransúrez-; Nuño y yo...
-¡Peransúrez! -dijo en voz baja al oído del montero exaltado un hombre de no muy buena apariencia que había entrado no hacía mucho en el mesón, y en quien nadie había reparado, tanto por su silencio, como por hallarse el amo de la venta entretenido en la referida discusión-; ¡Peransúrez!
-¿Quién me interrumpe? -gritó Peransúrez volviéndose precipitadamente al forastero.
-Oíd -contestó éste apartándose una buena pieza de los circunstantes, que quedaron chichisveando por lo bajo acerca de la apuesta, y de la posibilidad de llevarla a cabo, y del valor de Peransúrez, y de la interrupción del recién venido-. ¿Habláis seriamente, señor Peransúrez? -dijo éste tapando todavía su rostro con su capotillo pardo.
-¿Cómo si hablo seriamente? -gritó Peransúrez.
-Más bajo, que importa. ¿Insistís en lo que habéis dicho de aquel montero vuestro amigo?
-¡Sí, insisto, voto va! Cuando yo he dicho una cosa... una vez...
-¡Bueno! ¿Queréis montear con un amigo?
-Pero ¿a qué viene?...
-Mirad... -dijo el recién llegado desembozándose parte de su cara.
-¿Qué veo? -exclamó Peransúrez-. ¿Es posible? ¿Vos?
-¡Chitón! Me importa no ser conocido.
-Dejad, pues, que cierre mi apuesta..., y esperadme...
-No; ciad en la apuesta. El buen montero ha de saber perder una pieza mediana cuando le importa alcanzar otra mayor. Si queréis entrar en el castillo y desencantar a esa mora, nos importa el silencio.
-Pero ¿y mi honor?
-¡Voto va! por el Real de Manzanares, algún día quedará bien puesto el honor de vuestro pabellón.

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