El doncel de don Enrique (Mariano Jose de Larra) Libros Clásicos

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¡Ésta era la osera!, dije para mí; no bien se hubo apartado el de la luz, que no pude ver quién fuese, reconocí los trozos; era la espada de mi señor. ¿Lo habrían muerto? No porque estuviera allí su cuerpo, y porque le hubiera olfateado mi leal Brabonel, y hubiera puesto en los cielos el aullido. ¿No es verdad, Brabonel? -preguntó Hernando a su hermoso alano, que echado a su izquierda parecía escuchar atentamente la relación del montero. Al oír esta pregunta, alzóse Brabonel en las cuatro patas, lamió la mano que le acariciaba, como si quisiese dar a entender a su dueño que no se equivocaba en el buen juicio que acerca de su fidelidad acababa de emitir, dio una vuelta en derredor sobre sí mismo, y volvió a colocarse, poco más o menos, como estaba antes de la extraña interpelación-. ¡Brabonel! -dije entonces a mi alano-, ¡el rastro, el rastro del doncel! Entendióme el animal, Peransúarez; ¡admirable Brabonel! No bien le hube dicho aquella breve exhortación, comenzó a olfatear la tierra, y antes de dos minutos ya se había decidido por una senda. Quise probar, sin embargo, la certeza de la huella, y aparenté ir por otra, gritando siempre: «El doncel, el doncel!» Viéraisle entonces correr a mí, echar por la otra, ladrar, aullar, tirarme, en fin, de la ropa con los dientes. ¡Ah! ¡Brabonel, Brabonel, luz de mis ojos! -añadió el montero abarcando con la mano el hocico del animal e imprimiendo en él un beso, más lleno de amor y de cariño que el primero que da un amante al tierno objeto de su pasión-. ¡Brabonel! El que no ha tenido un perro no sabe lo que es querer y ser querido. ¿Qué sirve la mujer? La mujer equivoca siempre la senda, la mujer empieza por montear al venado de casa, y el perro no engaña nunca como la mujer. ¡Brabonel, juntos hemos vivido, y juntos moriremos!
-¿Y seguisteis la huella? -preguntó Peransúrez impaciente por saber el fin del cuento, que Hernando había interrumpido para acariciar al animal.
-¿Cómo si la seguí? A pasos precipitados, con toda confianza ya: dos leguas anduvimos.

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